
Se cogieron de la mano, cerraron la puerta de golpe y bajaron las escaleras del hotel rápidamente.
Un beso profundo cerró bocas, corrieron por la calle como ardillas, mientras los transeúntes les miraban, deseándoles que la felicidad no terminase jamás. Felices rompieron las dudas, los secretos, los escondites, las barreras físicas y mentales; y tomaron el camino libre, desnudo de prejuicios y deberes morales.
Huirían juntos, de una vez por todas, jamás volverían a esconderse, a sentir angustia o miedo. Todo eso había acabado.
La estación de trenes era un hervidero a hora punta. El humo, el ruido y la multitud congeniaban con la metrópoli, un anonimato gigante que arropaba a los amantes.
Seguían cogidos de la mano. El sudor mezclado acariciaba la piel de un hombre y una mujer felices, ahora felices.
Se besaron con una intensidad perfecta, entregada, como nunca. Y lanzaron sus cuerpos a la vía. El tren pasó y las almas volaron juntas para siempre. Libres. Ya fáciles y fusionadas.