domingo 1 de agosto de 2010

Siento que te extraño


Media vida juntos que acabaría en el rellano, con una maleta cargada de recuerdos y situaciones comprometidas. Después de meses de angustia, Lola decidió marcharse. Esta vez la discusión había llegado demasiado lejos. Incomprendida y vacía, metió todo lo que pudo en la maleta y con lágrimas en los ojos echó el cierre a una relación contaminada.
La rabia que llevaba arrastrando desde hacía tiempo hipotecaba sus sueños y el dolor corría por sus venas intoxicando todas las ilusiones. Había decidido romper con todo. Nadie se merecía una segunda oportunidad, ni siquiera ella misma. Y, poco a poco, sin darse cuenta cortó el único lazo extrafamiliar que la quedaba: su amor.
Una fuerza mayor quebró la autoestima de una dama luchadora y la seguridad revoloteó para siempre. Él no lo entendió. Dijo que le había hecho peor persona y ella no pudo con esa responsabilidad. En realidad nunca habían sido felices. Lo descubrieron en una de las discusiones acaloradas que un día tras otro iban envenenando la convivencia.
Ella no podía conformarse con las agujas mortales que clavaba la vida y se resignó a la soledad, pensó que nunca sería capaz de desterrar la tristeza, así que no se pensó mucho en dar portazo a una relación bella y contradictoria para acabar con su angustia.
A la mañana siguiente, en el piso de la amiga de Lola, el silencio delató el final de una vida. Allí quedó la maleta, con algo de ropa y recuerdos. Brusca despedida. Y una nota: “Siento que te extraño”. Las cosas podían haber sido diferentes, pero ella no consiguió ver la salida del laberinto. Lola pensó por un momento que no había nacido para hacer felices a los demás, a lo mejor cambiar su destino había superado las expectativas de chica acorazada.

viernes 23 de julio de 2010

El cielo de Alanis


Mi madre escucha voces. Dice que entran en nuestro salón señores que yo no puedo ver. Un día gritó mucho, cerró las persianas, dio tres vueltas a la llave y se tapó los oídos. Al cabo de un rato llegó la policía.
Mi padre no vive con nosotras. Creo que él tampoco veía a los señores y eso le dio tanta rabia que terminó marchándose para siempre. Viene a vernos cada quince días, vamos al cine y me compra regalos. Antes vivíamos en una casa enorme, en una urbanización, muy cerca de Madrid. Cuando mis padres se separaron, mi madre y yo nos trasladamos al pueblo de mi tía, a un piso muy pequeño. A mí me gusta.
Desde que vino la policía todas las semanas nos visita una chica que hace muchas preguntas a mi madre. La recuerda lo de las pastillas y dice que tiene que trabajar o hacer cursos para que no se quede todo el día en la cama. Yo me paso la hora jugando o haciendo dibujos. A veces me lee historias y luego hablamos de los personajes. Tiene una vocecita que dan ganas de dormir.
Nuestro piso tiene las paredes amarillas. Al principio eran blancas, creo que han cambiado de color por el humo. Mi tía se enfada con mi madre porque dice que fuma demasiado. Cada vez que viene registra el frigorífico, abre las ventanas y no para de hablar hasta que da el último portazo. “No compres cervezas, no fumes, es que no comes nada…” Y un NO tras otro NO. Mi tía es la reina del no.
Mi madre siempre está triste, nunca tiene hambre y aunque cierre los ojos durante horas, la tele permanece encendida mañana, tarde y noche. No se fía de los médicos, así que yo voy muy pocas veces. Me dicen mis compañeros de clase que tengo mucha suerte. No sé, la verdad es que casi ni me pongo mala.
Algunas noches sueño cosas muy divertidas. Ojalá mis sueños no acabaran nunca. En mis sueños los peluches cobran vida y me invitan a gigantes bolas de helado. Corremos por el cielo y saltamos las nubes; y nunca nos cansamos. En el cielo de mis sueños no hay adultos, ni coches, ni ciudades. Pero siempre me despierto. Mis peluches no se mueven, no hay bolas de helado y en el cielo sólo corre algún pájaro y un avión que, desde mi ventana, se ve bien pequeño.