domingo 15 de enero de 2012

A las 5



Carmen mira el reloj, apaga la tele y sale por la puerta casi con el abrigo a medio poner. Ya llega tarde. Taconeando la escalera, porque teme a los ascensores más que a un nublado, estrena la tarde con más alegría que unos cascabeles. Los jueves a las 5 hay reunión de amigas. Es una obligación, una tradición, un compromiso maravilloso que sellaron hace algunos años, cuando Matilde inició la menopausia. Ahora todas agradecen esa iniciativa, porque han superado muchas menopausias juntas, y otras cosas, también.
Rosa y Juani están casadas, llevan más de treinta años de “feliz matrimonio”, por mandato divino, y en aquellos tiempos también por mandato social. Ahora comentan en las tertulias, que si las hubiera pillado en estos años se lo habrían pensado dos veces, y hasta tres; y lo de casarse…- Ahora se lleva “vivir en pecado”- dicen entre risas.
Carmen es viuda, y vive el presente con prudencia, y con una justa alegría que la brindan sus hijos en cada visita. Sin embargo, dentro de esa pena que envuelve los recuerdos, las fotos y el pensamiento constante hacia su amor fallecido, espera los jueves con especial ilusión. Como si tuviera que fichar en una fábrica, teme llegar tarde a la cita de las 5.
Matilde es soltera. Ella dice que por vocación. Tuvo novio de joven, pero la cosa salió mal y el desengaño amoroso la está durando de lo lindo. Sus amigas siempre bromean con esa historia frustrada, mientras Matilde suspira por ese gran amor, alto, de ojos azules, chico de ciudad. En el pueblo de Matilde dicen que era homosexual, y que por eso, la dejó de repente, casi en el altar. Ahora bien, las fotos de esta mujer demuestran que el chico era un galán de anuncio del Corte Inglés.
En la cafetería conocen muy bien a este club de mujeres charlatanas, que a las 5 en punto se sientan en la mesa de siempre, con la consumición de siempre. Marcelo, el dueño, en cuanto ve aparecer a la primera, comienza el ritual de poleo menta, café descafeinado de máquina, cortado con hielo, café con leche y manzanilla.
Y hablan del pasado, de su familia, de la crisis, de cotilleos de la tele y de la vida. Las carcajadas se disparan y algunos clientes se vuelven con una sonrisa, otros con mirada afilada o disimulando que no han escuchado ciertos comentarios. Necesitan esa tarde para encontrarse, tomar oxígeno y continuar con su momento por separado, con la rutina personal e intransferible. Pero se tienen los jueves a partir de las 5. Una isla de confidencias, complicidad y consuelo, que comparten desde la libertad de ser ellas mismas.
El paréntesis, que ellas dicen, es más que una reunión entre amigas. Hablan de la enfermedad, de la muerte, del día que una de ellas ya no esté para arropar a la otra. Y cuando esas conversaciones tristes afloran, Juani, la más pizpireta, da un golpe en la mesa y recuerda vivir el presente. En ese momento, las cabezas de estas mujeres respiran y conectan de tal manera, que regresan al mismo tiempo a las historias de barrio, a la inmediatez de la vida, sin retirar la sonrisa.

martes 13 de diciembre de 2011

Al hombre que me enseñó a hacer chiflos


Corren malos tiempos para los sentimientos. Se acercan las Navidades, un tiempo que no celebro, solo me dejo llevar por los que me rodean, porque no es justo que paguen mi duelo. Simplemente, absorbo los anuncios, los regalos, las luces de colores, los villancicos… y me columpio en esa inercia contagiosa que lo impregna todo para contar días festivos que invitan a comer, beber y relacionarse casi por obligación. Como una autómata.
Y toda esta tradición que viene marcada por el ritmo consumista y frívolo, me afecta, aunque lo niegue. Intento oponerme al vendaval navideño, y digo “no” a la intromisión de esta temática. Sin embargo, los adornos se dejan caer y el soniquete de la lotería penetra en los oídos como una banda sonora archiconocida y que todo el mundo tararea. Se hace casi imposible soportar tanta presión.
Maldita Navidad. Que difícil es subir esta cuesta cuando lo único que conservo de una de las personas que más quiero, aparte de sus efectos personales y de sus consejos, es su energía, que no veo, que no puedo tocar.
Pero en realidad vivo una gran contradicción, porque a este maravilloso hombre le apasionaba la Navidad, con su árbol, su belén, sus adornos y sus villancicos. Un fan de esta época. Una persona de fe. Yo no he recogido el testigo, y a veces pienso si estoy haciendo lo correcto. Ni sentimiento navideño, ni fe. Me rijo por otro credo, el mío propio. No sé, quizás si continuara sus hábitos tendría más paz por dentro.
Un año en la Escuela de Idiomas conté en una redacción cómo colocaba con mi padre todos los adornos navideños, especialmente el árbol, que con esmero vestíamos en el rincón del recibidor, en el piso viejo, un pino esquelético de plástico, plantado en un tiesto forrado con papel de plata. Conseguí arrancar a la profesora de inglés una sonrisa.
Los recuerdos se multiplican por estas fechas, y es una putada, porque se sufre exponencialmente.
Y ahora me viene a la mente un paseo, con cardos espigados, de tronco fuerte. Fue él quien me enseñó a hacer chiflos con esa falsa madera. No sé, es otro recuerdo, uno de tantos y tantos, del hombre que me enseñó a hacer chiflos.