
Las tres damas azules te amaron, te cuidaron, te protegieron. Ahuyentaron a los cotillas y despidieron con indiferencia a los que venían a molestarte.
Limpiaron tus lágrimas cuando la rabia te podía. Si tenías miedo, ellas velaban tus noches de angustia y una luz débil te ofrecía seguridad si abrías lo ojos de repente.
Te acariciaron y besaron hasta la extenuación. Tocaron tus manos, tus labios, tu rostro con un amor azul incomparable. Nadie consiguió verte, nadie entendió tu agonía. Sólo las tres damas azules comprendieron tu generosidad. Te entregaste. Se entregaron. El amor azul pintó tus ojos, miradores brillantes que acompañaban cada movimiento de tus cuidadoras. Sonreías. Te dejabas mecer por los brazos delgados y blancos de las tres damas azules.
El silencio se acomodó en tu prisión y no quisiste firmar un pacto con la discapacidad porque tu mente liberó tu cuerpo. Paseaste con un motor por campos recién sembrados, viste animales de caza, te paraste a contemplar el camino y continuaste amando.
Enseñaste lecciones a las damas azules que aprendieron de memoria. Descubrieron contigo a mantener la calma para disimular el sufrimiento.
Recogieron romero y te ofrecieron su aroma, también lo hicieron con la hierbabuena y la menta, y el jabón que enrojecía tu cara.
Imaginaste el futuro sin las tres damas azules y temblaste. Así que te resignaste al presente.
Un día te marchaste. Dejaste a las tres damas azules mirando al cielo. El rojo brilló para ellas.