
Media vida juntos que acabaría en el rellano, con una maleta cargada de recuerdos y situaciones comprometidas. Después de meses de angustia, Lola decidió marcharse. Esta vez la discusión había llegado demasiado lejos. Incomprendida y vacía, metió todo lo que pudo en la maleta y con lágrimas en los ojos echó el cierre a una relación contaminada.
La rabia que llevaba arrastrando desde hacía tiempo hipotecaba sus sueños y el dolor corría por sus venas intoxicando todas las ilusiones. Había decidido romper con todo. Nadie se merecía una segunda oportunidad, ni siquiera ella misma. Y, poco a poco, sin darse cuenta cortó el único lazo extrafamiliar que la quedaba: su amor.
Una fuerza mayor quebró la autoestima de una dama luchadora y la seguridad revoloteó para siempre. Él no lo entendió. Dijo que le había hecho peor persona y ella no pudo con esa responsabilidad. En realidad nunca habían sido felices. Lo descubrieron en una de las discusiones acaloradas que un día tras otro iban envenenando la convivencia.
Ella no podía conformarse con las agujas mortales que clavaba la vida y se resignó a la soledad, pensó que nunca sería capaz de desterrar la tristeza, así que no se pensó mucho en dar portazo a una relación bella y contradictoria para acabar con su angustia.
A la mañana siguiente, en el piso de la amiga de Lola, el silencio delató el final de una vida. Allí quedó la maleta, con algo de ropa y recuerdos. Brusca despedida. Y una nota: “Siento que te extraño”. Las cosas podían haber sido diferentes, pero ella no consiguió ver la salida del laberinto. Lola pensó por un momento que no había nacido para hacer felices a los demás, a lo mejor cambiar su destino había superado las expectativas de chica acorazada.
