A las 7 de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos, me calcé las botas de montaña, me preparé un bocata, la botella de agua y me eché a andar al monte. No iba sola, no vayáis a pensar que me dedico a hacer deporte por mi cuenta. Mi hermana, unos amigos y yo decidimos, cual tarzanes, recorrer varios kilómetros cuesta arriba hasta llegar a un pico muy famoso que hay en mi pueblo.Con la vara en la mano, la mochila y un puñado de buenas intenciones empezamos nuestro genial recorrido. Todo iba bien hasta que aquello se convirtió en una selva de retamas, pinos y pedruscos. La cosa se ponía difícil, así que decidimos bajar. No así algunos amigos, que antepusieron el cansancio y la falta de agua, al deseo de llegar al dichoso pico.
Entre que nuestro colega Antonio tiene mareos, por eso de las cervicales, y la menda lerenda pánico a los bichos… En fin, que cambiamos nuestro empeño alpinista por las ganas de encontrar un arroyo, refrescarnos y llenar las botellas. Mientras mis pies se hinchaban por momentos, el monte permanecía vivo: se escuchaba el agua del arroyo, los pájaros; olíamos ese aroma a maleza, a retama, a romero, a pino; y hasta vimos un corzo. A pesar de que mis pies crecían y crecían (mira que yo de un 36 no paso, si no hubiera sido por las malditas botas de montaña), podía sentir que el monte nos protegía; que nos llevaba a algún sitio; que no nos íbamos a perder, después de todo.
Me refresqué las plantas de los pies, me coloqué unos clinex y me quité los cordones de las asesinas que me estaban cociendo con su suela demoledora. ¿Quién iba a ser el valiente que me llevaría a caballito? Silencio. Así que seguimos andando hasta la carretera. Ya eran las 6 de la tarde. Sin teléfono móvil, sin agua, sin aliento y con calor, ampollas y millones de mosquitos malditos cebándose en mis pobres piernas de alpinista de medio pelo. Un desastre. Sí, eso es, un desastre.
De repente, mis dos amigos, mi hermana y yo vimos -según bajábamos por la carretera hacia el pueblo- que se acercaba un coche granate. En ese momento vi la luz. Era mi tío que nos buscaba desesperado. Todo el pueblo se había organizado y estaba colaborando con la familia para encontrarnos. ¡Madre mía!, pensé, primera y última vez que me da por recorrer caminos de cabras.
El caso es que a punto estuvieron de llamar a la Guardia Civil. El recibimiento fue espectacular. ¡Ni los de Viven! Preguntas y más preguntas, un interminable cuestionario y una única explicación: "Es que se nos hizo tarde". Entré por la puerta, me quité las botas y las lancé contra el armario con rabia. ¡Malditas! Coloqué un barreño con agua y sal para que mis pies recuperasen su estado normal y comenzó mi calvario particular. Al cabo de un buen rato saqué los pies del barreño, me los sequé y decidí calzarme. ¡Horror! No podía andar. Nada, ni una pizca. Unas enormes ampollas recorrían las plantas de mis pies; largo y tendido. Dolor, impotencia e indignación. El verano no podía tomar peores derroteros. Lo malo fue cuando regresé a la ciudad.
¿Cómo iba a ir a trabajar? ¿Y al supermercado? ¿Y al cine? ¿Y a tomar el café de los jueves? Sólo rozar el suelo me producía un quemazón insoportable. En fin, que rescaté del fondo del armario unas deportivas de lo más antiestéticas y de lo más antitodo, por ser anchas y cómodas, y decidí probar suerte en el mundo exterior. La gente se me quedaba mirando, cuchicheaba y soltaba risitas dañinas.Una semana me duraron las muy… Bueno, que no fue la última vez que me salieron ampollas. Y es que pasé lo mío cuando decidí recorrer toda la calle Alcalá de un tirón, repito, toda la calle Alcalá, con unos zapatos, que en casa, antes de salir, ya me parecían bastante sospechosos.
Pero como sólo el ser humano es el único animal que tropieza dos veces… Pues tropecé, vaya que tropecé. Ampollas como medusas de grandes. Insensata. Moraleja: usa siempre deportivos y no andes más de un kilómetro si no es estrictamente necesario. Por cierto, se me olvidaba. Volviendo al tema. Aquellos amigos que decidieron subir hasta lo más alto del pico, lo consiguieron, pero a la vuelta, en cuanto llegaron a la civilización, no tardaron en hacer autostop para bajar en coche hasta el pueblo.
El otro día mi amigo Omar y yo nos reíamos, recordando la subida a aquel pico: el arroyo salvador, la movilización popular y mis ampollas. También charlamos sobre su viaje a Galicia. Me contó que el humo lo cubría todo; y que mientras llegaba a su destino, las islas Cíes, sentía que algo se le quemaba por dentro. Nuestras risas se terminaron. Y de repente, me vino a la memoria ese corzo asustado, los pájaros, los pinos, las vacas, la manzanilla y el olor a romero del monte de mi pueblo.
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