martes 3 de octubre de 2006

Balones fuera

"¡Ba-lon-ces-to…!", gritó Pepu Hernández, seleccionador nacional de baloncesto masculino en la plaza Castilla (Madrid) con el oro del Mundial de Japón en la mano. Y mira tú, que lo ganaron sin el astro de todos los astros: Gasol. Pegada al televisor, miraba pasmosa, pellizcándome por si aquello no era cierto, la paliza -deportivamente hablando- que los chicos de oro estaban "propinando" al combinado griego.
Sin Gasol, sí, pero también sin el "a por ellos", ni el video-clip, ni las pantallas gigantes, ni los platós en la calle. En fin, que la fórmula de la humildad, el juego en equipo y la sensatez han valido más que las fanfarronerías de otro mundial; con balones y talantes diferentes. Tantas esperanzas puestas en el fútbol, tantos castillos en el aire… Nada podía fallar: teníamos himno, jóvenes promesas, espíritu ganador, retransmisiones a doquier, enviados especiales a montones.
Compuestos y sin novio; el oro no llegó. Bueno, ni el oro, ni siquiera la final, ni la semifinal, ni… Vaya con la marea roja, la multitudinaria afición y las promesas del entrenador semi-destronado.
Pero esto no es de ahora. El fútbol de los famosos, como digo yo, se ha convertido en un festival de fichajes publicitarios. Y los contratos son tan golosos que lo de pegar patadas a un balón, pues cansa, oye. Así que los jugadores que antes ganaban balones de oro empiezan a dejarse: crece la barriguita, surgen las lesiones, salen en el Tomate y chupan banquillo. Fin del espectáculo. Esta filosofía repercute en las citas importantes. Y es que no se puede estar al plato y a las tajadas. Pero bueno, en el fondo se perdona todo: los cabezazos, los insultos, las entradas violentas.
Como son los magos del balón… Tampoco se puede generalizar. Mis primos y yo corríamos detrás de la pelota, esquivando los cardos del campo de fútbol del pueblo hasta llegar a una portería oxidada y eso también es fútbol, aunque no tengamos nada que ver con Victoria Beckam. Además, hay millones de niños y niñas disfrutando y esforzándose, como Álex, el hijo de Guadalupe, que entrena como el que más para dar lo mejor en cada partido. Ni firma autógrafos, ni gana un pastón, ni interviene en ruedas de prensa. Sólo juega y se lo pasa bien, que no es poco. Porque el fútbol no deja de ser un deporte, y como tal, promueve valores positivos que no voy a recordar ahora porque son de sobra conocidos. Enhorabuena a aquellos y aquellas que creen en este deporte. Pero también enhorabuena a los deportistas y aficionados que no tienen reservado tanto espacio en los informativos y ganan medallas para España. Todos sabemos que es una cuestión de números. Sin embargo, después de realizar un gran esfuerzo, como es el caso de los chicos de la selección española de baloncesto o la escalada a cuartos del equipo femenino, llega la oportunidad de hacer ver al mundo lo que representa el deporte con mayúsculas. Así se tapan muchas bocas a favor de la sencillez y el espíritu de equipo.
Y viene la recompensa a tanta presión, a tanta fuerza: homenajes con la afición, recepciones, regalos y, lo más importante, una lección de saber estar y saber ganar.
A "los chicos de oro" seguro que les supo a gloria el Príncipe de Asturias de los Deportes. Otro oro para un equipo que levantó de sus asientos a miles de espectadores una tarde de domingo. Un equipo bajo las órdenes de un excelente entrenador, con himno propio, y un gran secreto: hacer piña. Me acuerdo de los entrenamientos que nos gastábamos mis compañeras y yo en el patio del colegio: de las entradas a canasta, de las temidas bandejas, que borda Calderón, y de los pases largos. Y cómo no, de los partidillos de los sábados, de nuestra entrenadora y de la camiseta que me quedaba enorme. Cuando ganó España, la vena infantil se coló por un momento en el presente y me gustó. "¡Ba-lon-ces-to…!", gritó Pepu, pronunciando una por una, lentamente y con vozarrón las sílabas de la palabra por la que miles de aficionados y aficionadas habían ido a arropar a su equipo. Tantos deportes deberían pronunciarse de la manera que lo hizo este hombre… Nos recordó con ese gesto que había comenzado una nueva etapa para el baloncesto.
Pero ganar el oro no ha sido una casualidad. El hada del éxito no hechizó a los jugadores con triples y aciertos. Simplemente, el trabajo bien hecho ha dado sus frutos. Por primera vez España tiene en sus filas a cuatro jugadores de la NBA: Gasol, José Manuel Calderón, Jorge Garbajosa y Sergio Rodríguez.
Y esto tampoco es magia, ni enchufes, ni buena suerte. Vamos, que Gasol entrena hasta dormido. Las macrobodas, las macrofiestas de cumpleaños y las macrodiscotecas no están en su agenda. No como otros, que tienen que quitarse de la chepa a periodistas del corazón, interesados exclusivamente en su masa corporal. Y no estamos hablando de Ágatha Ruiz de la Prada, ni de la pasarela Cibeles.