sábado 12 de agosto de 2006

Superwoman

Ni corta ni perezosa vi el anuncio, llamé y rellené la solicitud para intentar convertirme en una "experimentada" monitora de ocio y tiempo libre. Ese curso me abriría puertas profesionales y complementaría un currículo curtido por prácticas durante cuatro años en una ONG.
Unos días después comprobé el listado de admitidos y observé complacida que estaba en él. Y a partir de ahí, castillos en el aire: "¡Qué bien!, aprenderé de esto, de aquello; compañeros y compañeras, dinámicas de grupo, juegos, técnicas grupales…
El primer día nos encontramos veinte medio jóvenes, medio adultos, medio adolescentes, dispuestos a pasar treinta días de "buen rollito". Ya se sabe que en esto de la animación sociocultural todo el mundo es enrollado, abierto, simpático, cañero, a veces alternativo y casi siempre está dispuesto a ayudar.
Unos de magisterio, otros de educación social y hasta aspirantes a Biología componíamos un círculo (así nos dispusieron para mejorar nuestra participación) de lo más variopinto. Primero vino un educador para enseñarnos habilidades sociales, luego un señor muy alternativo, con barbas y greñas que portaba con mucho salero un bolso confeccionado con el trasero de un vaquero. Le gustaban las casas en los árboles y ser natural, demasiado natural. Todo un poema cuando propuso la dinámica del teléfono escacharrado una tarde tórrida de un lunes del mes de julio. El profesor que nos encandiló a todas fue el de música. Un chico rubito que derrochaba sensibilidad. Más que por las melodías infantiles, por los masajes y la música étnica que hacía roncar a más de uno cuando se rozaba la hora de comer. Lo de los primeros auxilios imponía más respeto, sobre todo en el momento que vimos aparecer por la puerta a un muñeco de goma, hinchable, resignado, conocedor de nuestras pretensiones: que si el boca a boca, que si el masaje cardiovascular.
Tanto estuvimos con las venas para arriba, con el pulso para abajo que una compañera se mareó y apunto estuvo de perder el conocimiento.
Y luego llegaron los talleres, las manualidades y la Naturaleza. Un bombero nos enseñó a hacer cometas, arañas de algodón, malabares y otros artilugios para completar el expediente, porque lo que más le interesaba era enseñarnos las cuerdas de escalada, la brújula y contarnos batallitas. Tenía el pelo negro, muy negro; no era muy alto, pero se podía intuir su fuerza; una fuerza concentrada en cada una de las extremidades de su cuerpo moreno.
Pero las jornadas de teoría pasaron y por fin vino lo bueno: la práctica. Nos recogió prontito en la puerta de la escuela un minibús escacharrado, conducido por una chica grande y con visera, a la que le encantaba "Estopa". Después de muchas curvas y varias repeticiones del grupo de Cornellá "aterrizamos" en un albergue de montaña. Nos esperaban niños y niñas que estaban de campamento y un fin de semana prometedor: tíos como castillos, musculosos y mujeres rubias, doradas por el Sol y con un cuerpo machacado por las abdominales. En fin, que con nuestras tirillas nos iba a costar alcanzar aquel nivel. Ya lo veíamos venir. Quien peor lo pasó fue un compañero que medía dos metros. Comentaba indignado que no podía sostener el cuerpo con unas hojas de lechuga y una patata cocida. Es que éramos muchos a repartir.
Lo de la comida, bueno, pero lo de los deportes de aventura pasaba de castaño a oscuro. Nos dividieron en grupos y nos repartieron por actividades. La primera parada, un piedrolo con hendiduras y una cuerda. Íbamos a escalar. ¿Qué cómo fue la experiencia? Sólo puedo decir que me arañe el sobaco, el reloj (se me olvidó quitármelo) y me coloqué de primeras el casco de protección al revés.
Quedé ridícula delante de la rubia escultural que nos dirigía. "Nada podía ir a peor", pensé.
Al día siguiente nos montamos en un todoterreno blanco, algo viejo, para pasar una espléndida mañana en el pantano. El próximo reto era subir en piragua y no morir en el intento. Me coloqué el chaleco salva vidas, me subí a la canoa y me perdí. Así de sencillo. Mientras el grupo iba por un lado, mi piragua se volvía loca, imposible, hacia el lado contrario, alejándose de los compañeros. Al final me fueron a buscar y resoplé aliviada, pero yo no dejaba de rezar por si las moscas. No sé nadar, el agua me da pánico y me temblaban las piernas.
Conseguí completar la sesión de piragüismo a duras penas y en cuanto tuve oportunidad me bajé de aquel melón flotante. Uf, no vuelvo ni loca.
Menos mal que por la tarde sólo hicimos senderismo y lo más duró que encontramos fue un nido de avispas. Que no, que lo de monitor de tiempo libre no me lo habían explicado así. A mí me dijeron que eso era más tranquilo, reposado, que me lo iba a pasar muy bien. Pero se les olvidó mencionar los riesgos.
Será que ahora el temario de estos cursos lo revisa Condoleezza Rice y quiere que el mundo tenga unos monitores lo más parecido a Rambo. Pero es que yo soy más de Barrio Sésamo y la Gallina Caponata.