miércoles 7 de febrero de 2007

Misión nogal

-¿Qué haces?- preguntó Gabino a Berna.
- Nada, nada, aquí…- contestó nervioso el chico con voz entrecortada, con una nuez en la mano y las piernas llenas de arañazos.
-¡Ese nogal no es tuyo! ¿Quién te ha mandado subirte ahí, a ver?- Insistió Gabino furioso.
- Ya, sí, lo sé señor Gabino, bueno, es que…
Berna no sabía qué decir. Agarrado a las ramas, con sofoco y la cara como un tomate se quedó cortado ante el enfado monumental de Gabino.
¡No, no, no hace falta que bajes, ahora me vas a pelar el nogal! Como te veo tan ágil… quiero que cojas todas las nueces, hombre- espetó el dueño con cara de pocos amigos.
Me vas a ahorrar el trabajo… Así que espero que le saques provecho a la tarde.
Gabino se marchó y Berna se quedó tieso en la rama más gorda del nogal, contemplando el montón de nueces que yacía en el suelo.
El señor Gabino era un hombre de pocas palabras. De esos que con sus pasos van marcando los segundos. Callado, introvertido, y muy alto y muy delgado. Vivía con Lucía y Espe, sus hijas, unas chicas divertidas y charlatanas, que se parecían al padre en el blanco de los ojos. A pesar de no tener madre, eran espabiladas, locuaces y muy inteligentes. El espíritu solitario y la frialdad de Gabino contrastaban con la sonrisa de Lucía y los ojos redondos, de mirada contestataria, color miel, de Espe.
Berna conocía a las hijas de Gabino de la escuela y de encontrárselas algún día en el medio bar, medio ultramarinos del pueblo. No jugaban juntos porque Lucía y Espe nunca tenían tiempo, sólo sonreían y hablaban bajito. Siempre había millones de cosas que hacer.
¡Míralas, ahí van las chicas de Gabino! ¡Qué pasa! ¿Se os ha comido la lengua el gato?- gritaba Paco, "El Panete", un chico fortachón, con voz ronca y manos como palas. Lo de "Panete" no se sabía si era por la profesión de sus padres, panaderos, o por la cara que tenía, aplastada y redonda como una piruleta.
Ni mu. Lucía y Espe miraban de reojo, sonreían al grupo con las manos en los bolsillos y continuaban hablando bajito, como siempre, haciendo caso omiso a las provocaciones de Paco.
En el pueblo era difícil aburrirse. El campo era grande y los escondites sobraban para perderse. Robar nidos, perseguir liebres, cazar gorriones, chapotear en el arroyo y subirse a los árboles eran el pasatiempo favorito de Berna. Tenía pocos amigos, Rufo, Toni y Julián. Siempre estaban juntos, menos en aquella mala tarde de julio, que le dejaron solo en la misión nogal. En fin, que el plan de Rufo, ir a coger nidos, fue más poderoso que la idea trepadora de Berna.
-Y ahora, ¿qué hago?- pensó Berna, encaramado en el árbol. Gran duda. No sabía si bajarse y salir corriendo o recoger todas las nueces, como le había dicho el señor Gabino.
La conciencia corría sin freno por su cabeza. – Como se entere mi padre… como se lo cuente… ya me puedo preparar.- Berna no quería ni imaginarse la cara de su padre.
Goyo era un hombre sensato, adoraba su trabajo, y no consentía que alguien tuviera que hablar mal de su familia. –Esta vez la he hecho buena- se decía una y otra vez Berna.
Pero, ¿qué podía hacer? La mejor opción era recoger las nueces, tal y como le había advertido el señor Gabino, y dejárselas amontonadas al lado del árbol.
-Si es que todo me pasa a mí- se lamentaba Berna. Era el único hijo varón, tenía otras tres hermanas, y como le decía su madre: "La oveja negra de la familia".
Aunque sus rizos rubios volvían locas a las vecinas, sus rodillas le delataban. Siempre con moratones, postillas y arañazos. –Con esos rizos, María, no me puedo creer que tu chico sea tan travieso como dices…- Pues te lo regalo, todo para ti, ya verás como en un par de horas te olvidas de los rizos- contestaba su madre, mientras tiraba de él camino a la escuela.
Berna empezó a tirar las nueces al suelo, primero desde la rama donde estaba subido y luego, desde abajo, ayudado de un palo bien largo. Poco a poco, comenzaron a caer los frutos como granizo. Al final de la tarde Berna había conseguido desnudar el árbol. Quedaba alguna nuez, pero era imposible llegar tan alto. Era gigante.
Berna llegó a casa disimulando. -¿Qué tal la tarde?- preguntó su madre, mientras preparaba la cena. –Bien- dijo Berna. Un escueto y cortante bien. Y ya está.
La familia se sentó a cenar. Goyo, el padre de Berna, estaba cansado. Sus hermanas habían encontrado una cría de gorrión y estaban emocionadas. Su madre las obligó a guardarlo en una caja de cartón y a lavarse las manos, no sin antes soportar las protestas de las niñas.
Tres sorbos a la sopa y de repente llaman a la puerta. Era el señor Gabino con una cesta llena de nueces.
–Son de mi nogal, Berna me ayudó a cogerlas esta tarde, así que os toca la mitad…
La cara de Berna se quedó pálida, la sopa se cristalizó y los ojos de su madre brillaron como canicas. La misión nogal sólo había sido el principio.