domingo 4 de marzo de 2007

The birds

Si Alfred Hitchcock levantara la cabeza volvería a rodar ‘Los pájaros’, pero a lo mejor con otra protagonista. En la vida real a veces se repiten tomas, como si de una película se tratase. A veces es el mismo guión, pero con distintos personajes; en otras ocasiones la actriz es la misma, sólo cambia el escenario. Martina sacó la cabeza por las correderas de la terraza de la cocina y vio un patito despistado, pululando por las baldosas marrones del patio de luces. Amarillito, suave, tímido, asustado y pequeño. Con los ojos como platos, Martina tardó décimas de segundo en vocear: "¡Mamá, mamá, un pato, un pato!". Su madre puso la cabeza a la altura de la niña para ver al animalito. "Vamos a cogerle...", suplicó con voz melosa.
Saltó la madre al patio por la puerta de la terraza y en cinco minutos el pato estaba temblando en las manos de Carmen. Martina le tocó la cabeza peluda, respiró hondo y rebuscó por toda la casa hasta dar con una caja de cartón. Lo colocó en su nuevo hogar y se pasó toda la tarde observándolo. Y así pasaron las tardes y los días para Martina y ‘Tico’, su nueva mascota. Al principio, el pato era lo más parecido a un peluche. Sin embargo, el paso del tiempo le transformó en un ave grande, con un olor pestilente. Con ese tamaño y esas manías de pato a Martina ya no le hacía tanta gracia. Sin poderle tocar, mimar, abrazar... La atracción se había esfumado. La solución la puso su madre un sábado en el corral del pueblo. El abuelo ramató la solución con un cuchillo de cocina y un irresistible apetito. Martina no se acuerda muy bien del trágico final de su primera mascota. Las plumas vastas del animal minaron la ternura que despertaron en el angelito. El flechazo expiró con los excrementos de pato adulto. El patito de cuento se había hecho mayor y a Martina le dio igual que su madre le exiliara al pueblo. Eso sí, no probó ni pizca de ‘Tico’.
Que la pasión terminara no quiere decir que el amor se extinguiera por completo. "Demasiada grasa", protestó el abuelo. Martina calló y terminó de untar la yema del huevo frito, el sustituto. Pero la relación con las aves no acabó aquí. Martina continuó recibiendo sorpresas con plumas. Una mañana su madre la despertó con dos pollitos: amarillos, suaves, pequeños, una ricura. La lechera se los había regalado.Y los pollos piaban como locos en la caja de agujeros. Pobres pollos. Martina se levantó de la cama de un salto y puso a los animalitos sobre el suelo de la habitación. Les miraba y remiraba. Tenían frío, así que les abrigó con la tela del camisón. ‘Epi’ y ‘Blas’ crecieron. Vamos si crecieron. Y también se hicieron feos, muy feos, con una cresta roja y unas plumas de estropajo. Vivían en la terraza. La caja era demasiado pequeña. Campaban a sus anchas y el tubo del calentador hacía las veces de palo de gallinero. Un día, uno de ellos se subió a la cabeza de Martina. La niña comenzó a chillar desesperada. Les odiaba, pero también les quería. El pato había pasado a la historia, pero los pollitos... no podían acabar en el estómago de la familia. La situación era insostenible. La decisión estaba tomada: les llevarían al pueblo. Martina aceptó con una condición: fabricarles un gallinero en el corral. Así lo hicieron. Les cebaron durante todo el verano. Martina les visitaba a diario. Eran enormes. Llegó el día de la fiesta y los pollos habían desaparecido. "¿Dónde están los pollos?", gritó Martina. "Es que esta noche... ha hecho mucho frío y han muerto congelados", contestó la madre. La niña se lo creyó a pies juntillas, y eso que era finales de agosto. Casualmente el día de la función comieron pollo asado.
Así es como Martina volvió a perder a sus mascotas. Y de nuevo surgió la esperanza con otro pájaro: un gorrión recién nacido. Lo encontró en un camino. No podía volar. Cogió al gorrioncillo y se lo acercó al pecho apretándole con las manos. El pájaro ni rechistó. Martina vio a su abuela y emocionada le enseñó su nuevo hallazgo. "Mira, abuela, lo que tengo", dijo la niña, mostrando el pájaro a la anciana. "Pero si está muerto, hija", contestó desconcertada. "Lo has matado tú, lo has matado tú", sollozó Martina. La abuela se quedó sin palabras, sosteniendo el gorrión, aguantando el llanto amargo de su nieta.
No hace mucho -Martina estaba en el último año de instituto, preparándose para los exámenes finales- que sus padres compraron un periquito azul muy especial. Volaba por la cocina, se posaba en el hombro, estaba aprendiendo a hablar... Como le veían muy solo le consiguieron una periquita. Con el buen tiempo sacaron a los tortolitos a la terraza y ahí pasaban sus largos días de primavera, haciéndose arrumacos. Martina acabó los exámenes, fue a visitar a los periquitos y vio algo raro: "¿Por qué están tan pálidos estos periquitos?" Su madre destapó la caja de los truenos. Los pájaros se habían muerto de hambre, nadie les había cuidado en la ausencia de Martina. Para ocultarlo compraron otra pareja. Decepción. Martina furiosa odió a sus padres durante días por matar de hambre a los periquitos. Ya están perdonados. Y también está perdonada su abuela, y perdonó a los pollos que la alborotaron el pelo y al pato que olía a estiercol. Quizás su relación con las aves haya sido demasiado tortuosa. Quizás no vuelva a tener mascotas. Quién sabe. Mejor nos quedamos con los pájaros de Hitchcock; en la pantalla, claro.