Con 12 años me comía unos bocadillos de lomo en aceite que ríase la báscula. Ni kilos de más, ni kilos de menos, corría detrás del balón sin pensar en las calorías que había ingerido, sin remordimientos, sin espejos, ni complejos. Así éramos los muchachos del bocata de chorizo, de la tortilla de patata y de los juegos que se pintaban con tizas en las calles.Espinete y don Pimpón han vendido su alma a Shin-Chan, los parques se han recalificado y los bocatas han perdido toda la personalidad, gracias a las seudomeriendas. En fin, algunos dicen que los recuerdos no son más que producto de nuestra imaginación, que son una mala pasada de la mente, ideas que causan nostalgia, tristeza. Pero es difícil no pensar en ‘aquellos maravillosos años’.A ver, que Carrefour no ha existido siempre. Antes se iba a comprar el aceite, las narajas y la carne al ultramarinos. Se reutilizaban los cascos de las gaseosas y ya de paso se compraba el pan, los yogures y los huevos. Sí, que sí, que hubo un tiempo donde la Coca-Cola se servía en vidrio, y la gaseosa, los zumos y la Fanta. Ahora todo esto suena a prehistoria. Y se vivía bien. Sin cirugía estética, sin pasar hambre en un pais del primer mundo, sin tanto coche y tanta casa en la playa. El móvil, el messenger, el e-mail y para colmo las videoconferencias. Y se habla de estas tecnologías como si hubieran estado entre nosotros toda la vida. Pero creedme, antes se envíaban postales y cartas, con sellos y todo, aunque ahora se coleccionen.Hace años se estilaba guardar cola para llamar por teléfono en una cabina o ir al bar a que ‘nos dieran línea’. No hacía falta estar localizados, se quedaba de una semana para otra y listo, en el mismo lugar y a la misma hora. Ahora se lleva lo ‘light’. Si antes se pedía descafeinado como algo excepcional, en estos momentos las posibilidades son infinitas. El Nescafé estuvo en la brecha y la Coca-cola sin cafeína. Pero eso ya ha quedado atrás. Después del buen invento a favor del sueño se colaron los cuerpos ‘danone’ y la hora coca-cola, donde un chico atlético se metía entre pecho y espalda el refresco bajo en calorías.Y la bombilla se encendió para todo lo demás. Galletas, queso, yogures, mermelada y hasta el Cola-cao. Comer y beber ‘light’ es sinónimo de ligereza, de alimentación equilibrada y sana. Sin embargo, he comprobado que todo este complot mediático para alcanzar el cuerpo ideal no garantiza para nada la felicidad. La comida es prefabricada, las relaciones personales, los sentimientos, los valores, el periodismo, el ocio; hasta la música es prefabricada.Una vida sin colorantes, ni conservantes. Mucho ‘light’, mucha sacarina y muy poquita felicidad. Y si no me gusto ya sé cuál es el camino, bisturí y punto, y a quitar de aquí y a poner allí, como si fuera un filete de ternera. Pues digo que no. Que no me van a convencer los señores de la estética y el colorín, que me han hartado los productos ‘sin’ y que ya no cuelan los cuerpos ‘danone’.Que no, que las mujeres no tenemos que meternos en un corsé para parecer más delgadas, ni para gustar. Que yo me pongo lo que quiero y si no les gusta... ¡Qué no miren! Que la autoestima no tiene que rendirle cuentas a la cintura, ni al colorete. Me quedo sin pensarlo ni un segundo con el picadillo que mi abuelo retiraba, adelantándose a la máquina de hacer chorizos. Y no me preguntéis de grasas, ni de calorías porque en esos tiempos no éramos esclavos de la masa corporal, ni de otras historias ‘lights’.
sábado 9 de junio de 2007
De ‘light’ por la vida
Con 12 años me comía unos bocadillos de lomo en aceite que ríase la báscula. Ni kilos de más, ni kilos de menos, corría detrás del balón sin pensar en las calorías que había ingerido, sin remordimientos, sin espejos, ni complejos. Así éramos los muchachos del bocata de chorizo, de la tortilla de patata y de los juegos que se pintaban con tizas en las calles.Espinete y don Pimpón han vendido su alma a Shin-Chan, los parques se han recalificado y los bocatas han perdido toda la personalidad, gracias a las seudomeriendas. En fin, algunos dicen que los recuerdos no son más que producto de nuestra imaginación, que son una mala pasada de la mente, ideas que causan nostalgia, tristeza. Pero es difícil no pensar en ‘aquellos maravillosos años’.A ver, que Carrefour no ha existido siempre. Antes se iba a comprar el aceite, las narajas y la carne al ultramarinos. Se reutilizaban los cascos de las gaseosas y ya de paso se compraba el pan, los yogures y los huevos. Sí, que sí, que hubo un tiempo donde la Coca-Cola se servía en vidrio, y la gaseosa, los zumos y la Fanta. Ahora todo esto suena a prehistoria. Y se vivía bien. Sin cirugía estética, sin pasar hambre en un pais del primer mundo, sin tanto coche y tanta casa en la playa. El móvil, el messenger, el e-mail y para colmo las videoconferencias. Y se habla de estas tecnologías como si hubieran estado entre nosotros toda la vida. Pero creedme, antes se envíaban postales y cartas, con sellos y todo, aunque ahora se coleccionen.Hace años se estilaba guardar cola para llamar por teléfono en una cabina o ir al bar a que ‘nos dieran línea’. No hacía falta estar localizados, se quedaba de una semana para otra y listo, en el mismo lugar y a la misma hora. Ahora se lleva lo ‘light’. Si antes se pedía descafeinado como algo excepcional, en estos momentos las posibilidades son infinitas. El Nescafé estuvo en la brecha y la Coca-cola sin cafeína. Pero eso ya ha quedado atrás. Después del buen invento a favor del sueño se colaron los cuerpos ‘danone’ y la hora coca-cola, donde un chico atlético se metía entre pecho y espalda el refresco bajo en calorías.Y la bombilla se encendió para todo lo demás. Galletas, queso, yogures, mermelada y hasta el Cola-cao. Comer y beber ‘light’ es sinónimo de ligereza, de alimentación equilibrada y sana. Sin embargo, he comprobado que todo este complot mediático para alcanzar el cuerpo ideal no garantiza para nada la felicidad. La comida es prefabricada, las relaciones personales, los sentimientos, los valores, el periodismo, el ocio; hasta la música es prefabricada.Una vida sin colorantes, ni conservantes. Mucho ‘light’, mucha sacarina y muy poquita felicidad. Y si no me gusto ya sé cuál es el camino, bisturí y punto, y a quitar de aquí y a poner allí, como si fuera un filete de ternera. Pues digo que no. Que no me van a convencer los señores de la estética y el colorín, que me han hartado los productos ‘sin’ y que ya no cuelan los cuerpos ‘danone’.Que no, que las mujeres no tenemos que meternos en un corsé para parecer más delgadas, ni para gustar. Que yo me pongo lo que quiero y si no les gusta... ¡Qué no miren! Que la autoestima no tiene que rendirle cuentas a la cintura, ni al colorete. Me quedo sin pensarlo ni un segundo con el picadillo que mi abuelo retiraba, adelantándose a la máquina de hacer chorizos. Y no me preguntéis de grasas, ni de calorías porque en esos tiempos no éramos esclavos de la masa corporal, ni de otras historias ‘lights’.
4 comentarios:
Estoy muy de acuerdo contigo andrea. Yo soy una chica gorda y estoy harta de la publicidad y del estilo de mujer que venden
la puta vida ,lo tomas o lo dejas,estas en la onda ote quedas en casa.lo peor de esto esque a llegado a tema laboral y siempre tendra mas suerte,para encontrar trabajo,una mujer medianamente atractiva a otra que no lo sea.Tambien ocurre en el otro sexo,aunque menos.
por mi parte voy por la vida muy contento con mi barriga.
Recuerdo aquellos años de bocadillos mientras jugabas. Sigo comiendo igual . TU decides lo que comes, y a la gran mayoria de hombres no nos gustan las barbies.
Cuanta razón tienes...
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