He pensado que voy a hacer un club. Sí, el club de las cosas pequeñas. Siempre nos fijamos en lo más grande, en lo que a priori parece más importante: acabar el trabajo a tiempo, firmar un contrato, pagar facturas, hacer millones de planes que nunca se cumplen, llevar la agenda a rajatabla, aprobar las asignaturas hueso a toda costa, encontrar trabajo, aguantar al jefe, despertarse cien veces para comprobar que todavía es pronto y que el despertador no ha sonado… En definitiva, en todo aquello que nos quita el sueño cada noche. El club de las cosas pequeñas puede crecer en un armario, en un cuaderno, en la memoria o en el paladar. Depende de las sensaciones que cada cual aporte para dicho fin. Uno puede apuntar que las aceitunas rellenas de anchoa le privan, y otro, que el olor a hierba buena le recuerda a sus noches en familia. Lo importante es que el club engorde con deliciosas cosas pequeñas. Llené de agua la cacerola, eché sal y metí dentro cuatro puñados de judías verdes. Puse a cocer la cena del jueves. Al cabo de un rato, mientras trabajaba en el ordenador, me llegó al despacho un olor agradable. Eran las judías. Estaban cociendo. Al olor le acompañaba un ruidito, un gorgoteo. En ese momento me acordé del huerto de mi abuelo. Nos perdíamos entre las varas de aquellas plantas altísimas. Las hojas se nos pegaban en la ropa y jugábamos a escondernos entre la tupida vegetación que protegía a las vainas. Olía a verde.Es así como huele el color verde, pensé. En la ducha sentí caer el agua caliente. Otra bendición, me dije. En ese momento comprendí que sentir cosas pequeñas era lo que nos reconfortaba al final del día. Entonces decidí hacer un listado de cosas pequeñas que me hacen feliz. Pensé en el desván y en la cantidad de recuerdos que se esconden en las cajas de latón. También en los minutos. Porque los minutos son un regalo.
Consciente del tiempo que paso con otras personas, reconozco que no cuento los segundos. Es tan importante contar los segundos en las visitas a la familia, a los amigos. Recrearse en cada palabra, en cada abrazo, en cada risa o carcajada. En fin, saber que estoy viva. Hace muchos años, antes de que yo naciera, mi abuelo grabó su voz en una cinta. Eran poesías, canciones y pequeños guiones que se aprendió de niño, escuchando a los mayores.Todavía se acuerda, después de los años, de aquellos cantares, de esas letrillas. Un día escuché aquella grabación y la proclamé socia de honor del club de las cosas pequeñas. Me gusta que me regalen libros, sobre todo si al abrir las tapas descubro una dedicatoria. Menuda sorpresa. Si encuentro una carta en el buzón de un amigo lejano o rescato de un viejo álbum una foto de hace mil años entiendo que el tiempo no pasa en balde y que alguien que veo de pascuas a ramos se acuerda de mí. Una gran adquisición para el club de las cosas pequeñas.
Como la vez que me mintió haciéndome creer que no iba a venir aquel fin de semana y resulta que estaba llamándome desde la cabina de mi calle, justo debajo de mi balcón. Otra hazaña para el club. Y es así como me encanta tener el pelo mojado en verano, comerme un helado de fresa y nata en el aparcamiento de unos grandes almacenes después de un largo viaje, oler la piel de un bebé o que millones de mariposas se diviertan en mi estómago. Chillar con Isma en una de las atracciones más peligrosas, escuchar una canción de Texas en la radio, oír el viento, la lluvia o saborear profundamente la tortilla de patata de mi madre. Y el club cada vez es más grande. Otra de mis debilidades es el chocolate con churros. Lo mejor es quedar con los amigos de la infancia en la chocolatería Caprichos y hacer eterna una tarde de domingo, hablando de esto y de aquello. Luego está la comida de primos, un bombón deshaciéndose en la boca y el abrazo fuerte, fuerte que quita la respiración. El desayuno de los sábados con tostadas y pijama es otro de los puntos fuertes. El olor a café recién hecho que llena la cocina, el salón y la escalera. Ya puede ser mala la película en el cine, que las gominolas de fresa pueden con lo malo y con lo bueno.
Encontrarme una nota en la nevera que ponga te quiero, que el viento me revuelva el pelo y respirar hondo ante una buena noticia. Dar besos con repetición me chifla y ponerme corriendo los guantes de lana cuando he terminado de jugar con la nieve. Reírme por nada, llorar un poquito por lo mismo, sentir los copos de nieve en la cabeza y encestar también tienen su sitio en el club.
Quizás el trato preferente sea para el césped recién cortado y para la persona que me calienta los pies en la cama. Aunque, si soy sincera, la luna llena, que me estén esperando en la estación de autobuses y que se acuerden de mi nombre están muy bien considerados en el club de las cosas pequeñas. Escuchar: "Queda menos de un minuto para el próximo tren" me estremece, igual que enviar un regalo a un amigo y esperar su llamada o recibir un sms de amor. Ahora estoy mirando por la ventana. La ciudad se mueve. Última adquisición del club de las cosas pequeñas. Esto es un no parar.
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