miércoles 11 de julio de 2007

In my mind

Se miran, sonríen y ella enrojece. Con la mirada perdida, Petra cuenta sin querer los minutos de la tarde con paciencia, con gusto; deteniéndose en el tiempo, en el viento, en la hierba, en el placer de oler y de ver correr el reloj sin importarle lo más mínimo.
Agus toma su mano derecha y acaricia todos y cada uno de sus dedos con una ternura casi mágica. Un ojo se humedece y una gota rueda por la mejilla del hombre. Cae en la camisa blanca. Saca el pañuelo y frota con decisión.
Son las 8 de la tarde y un chorrito de aire cruza el jardín de punta a punta. El verano da una tregua. Agus coge por la cintura a Petra, la besa en la frente y caminan unos metros agarrados. Petra calla, casi siempre está callada. Agus le cuenta a veces cosas de la huerta. Lo grandes que van los tomates, la hermosura de los pimientos y cómo las lechugas se están espigando. Ella escucha y se queda pensativa en las ortigas, en las amapolas.
Siempre pasean a la misma hora y por el mismo camino, cuando cae el calor y los pájaros vuelan a ras de las cabezas. Se escuchan los silbidos de las aves, los mosquitos viajan en nubes negras y el frescor envuelve a los paseantes. Ya se ve el tren a lo lejos, el que va para Almería. Y suena la máquina.
Después del paseo, Agus y Petra toman té. Hierbabuena recién cortada del jardín. Un placer que repiten cada noche, a solas, sin compañía, con los testigos más discretos de una casa de campo: las flores y una mesa de hierro.
Cada sorbo es la promesa de vivir el momento intensamente, como el sabor verde de una gota de té de hierbabuena. Y sellan el pacto del presente brindando con vasos altos, tetera y humo oloroso.
Alguna noche pasan los vecinos y comparten con la pareja buenos momentos. De esos que dan risa cuando se cuentan, aunque sea por enésima vez.
Todas las noches Agus acaricia el pelo de Petra con un peine de púas gordas. Repasa el cabello una y otra vez hasta que cae sobre sus hombros esqueléticos como un manto. Petra cierra los ojos y respira hondo. Descansa.
Es una mujer delgada, menuda y con labios muy finos. De piel blanca y piernas perfectas. Fue un flechazo. Agus vio en los ojos de Petra todos los motivos para ser feliz. Un beso y Petra despierta.
La casa es grande: dos plantas con buhardilla y un jardín enorme para los ciruelos, los pinos y los rosales, que siempre están llenos de avispas. Agus corta el césped todas las semanas, Petra se sienta al lado del chorro de la fuente de piedra y clava los ojos en la hierba que cae al paso del artilugio. No dice nada. Sólo escucha el ruido atronador del cortacésped y se deja querer por las sombras de los árboles que cobijan su piel.
Y Agus va tachando los días del calendario. Coloca la pastilla en el café de Petra y otras gotas saltan de sus ojos, pero sólo permite que esto ocurra en privado, sin la presencia de ella. Petra entra en la cocina y ríe, mira los azulejos verdes y amarillos, toma las galletas de la caja de latón y limpia las migas del mantel.
“¿Y tú, quién eres?”, pregunta Petra después de desayunar. Agus se da la vuelta, la abraza y otra gota rueda por su mejilla. Silencio. El flechazo nace cada mañana cuando Agus prepara el desayuno para la mujer de su vida. Y todo se vuelve como al principio, cuando le robaba los besos hace 40 años, cuando paseaban al lado de ortigas y amapolas, cuando el jardín todavía era pradera, cuando empezaban a conocerse, cuando chocaron en el baile un día de fiesta y él se quedó con sus ojos, con su nombre. “¿Y tú, quién eres?”. Agus sigue abrazado al cuerpecillo de Petra. Sin palabras, sólo recuerda los pedazos de vida que Petra no puede sacar de su alma. Y sigue abrazándola hasta que el vestido se arruga, hasta que Agus consigue deshacerse de las gotas que sin permiso han escapado de sus ojos.