jueves 20 de diciembre de 2007

De vuelta

Nelson da pasitos cortos. Avanza por el estrecho pasillo y se sienta casi al final. Hace frío. Con gorro blanco, ropa del tajo y una revista que lanza al asiento. Se sienta y recoge la revista, hecha un rulo. Desdobla las hojas y se centra en la portada. Un desorden de famosos saltan del QMD! y se cuelan en la mañana. El autobús arranca. Justo a tiempo. En el primer pueblo se está construyendo la mayor urbanización de la comarca. Nelson se baja y mira hacia los cubos encendidos que dan calor al currante: algún que otro compatriota y uno o dos despistados que siempre han valido para esto.
El sol tarda en salir y el frío quema por dentro; por fuera uno se acostumbra. Lo duro del terruño es el maldito invierno. Ni guantes, ni bufandas. En la obra no se puede con tanto abrigo, aunque acuchille el viento afilado. Besa una foto arrugada y comienza la jornada, mientras el QMD! reposa en el asiento de La Regional.
Cinco jóvenes que perdieron el primer autobús corren pitando a los últimos asientos. El conductor les guiña un ojo. Sabe que llegarán tarde a clase, pero han dormido una hora más. Y eso compensa, sobre todo cuando la noche se alargó demasiado en el bar de copas de Juampa. Duermen. Ellos recorren todo el trayecto. Van a la ciudad. Con la mochila hasta los topes de todo y un hilito de saliva que cae sobre la tapicería castigada.
Creo que es de Europa del Este. Lleva un Cristo colgado sobre su pecho y una chupa de cuero. Se sienta también de los últimos. Le acompaña una mujer de pelo blanco que enseguida le da conversación. Otro idioma.
El hombre del asiento 24 abre el periódico, hace un recorrido minucioso por las páginas de contactos y marca un número. Una charla íntima y una cita rápida en una dirección de la capital. Bingo, encima cerca de la estación de autobuses. Arruga el periódico, resopla y pierde la mirada en la carretera. "Un día redondo", dicta su mente.
A las 8 de la tarde el autobús está de vuelta. Y pasa por los mismos pueblos de la ida, y recoge a los mismos vecinos que fue dejando de buena mañana.
Nelson toma el mismo asiento. Se tira cansado y aplasta la revista que compró a primera hora. El QMD! resuena. Pronto se queda dormido. Ni se molesta en retirar los papelotes de las reinas del corazón.
Los chavales hablan, comentan los mejores momentos del día, de la clase, del recreo. Alguna carcajada y al momento la guerra de los mp3 está servida. Vibraciones musicales que se escuchan desde la otra punta.
Estación de autobuses. Nelson baja y se pierde entre la noche, rápido, con una mezcla de frío, sueño y cansancio. Los chavales caminan más lento, no tienen prisa. Lo están pasando bien. También ha vuelto el hombre del asiento 24. Le espera una mujer, le da un beso y una niña choca contra su pecho. Está emocionada.
- ¿Qué tal la reunión, cariño?
- Bien, pero ha sido un día duro.
- Bueno, ya estás de vuelta.

miércoles 19 de diciembre de 2007

Suficiente

Todavía no he hecho la carta a los Reyes Magos, y no sé, creo que no me apetece mucho escribir un montón de deseos en una carta que a saber a qué parte del cielo irá. Somos unos seres frágiles, infinitamente tontos y maleducados que no sabemos contemplar lo extraordinario que es el momento por el momento, el instante por el instante. Sobre todo cuando esa pizca de tiempo es eso, deliciosa. Somos tan idiotas que no vemos ilusión donde la hay a raudales. Qué pena de seres humanos. Siempre preocupados por ñoñerías, por sinsabores que mueren en el ego y en el orgullo más inútil. Qué bobos que somos. Perdemos los minutos en discutir por una cena de más, una ideología de menos, un regalo inadecuado, una mirada que cayó torcida. En fin, pamplinas que no nos llevan a ser más libres, sino más ignorantes y limitados.
Suficiente. Subo las escaleras, abro la puerta y te veo en el sillón esperándome, con una sonrisa de par en par. Eso es felicidad. Suficiente. Lo dice Lantana en su letra. Estar contigo es suficiente, y permanecer alerta, a tu respiración, a tu tacto, a tu brillo, rebrillo; de ojos maravillosos. Un abrazo. Suficiente. Ni un deseo más, ni un deseo menos. Un baile mal dado y una carcajada infantil que brota de repente. Suficiente. Sentir y sólo sentir, y una risa por nada. Suficiente.
El otro día conocí por radio y televisión al periodista barcelonés Jaume Sanllorente. Un día fue a Bombay y se quedó. El destino le llevó a un orfanato que estaba a punto de cerrar. Esos niños y niñas volverían a las mafias, a la prostitución o a la mendicidad. El destino quiso cambiar las vidas de esos menores y les presentó al periodista que no había elegido en un primer momento Bombay para realizar un viaje de placer. Jaume no quiso contradecir al destino y logró remontar el proyecto. Vendió el piso en España, dejó su trabajo y con el dinero consiguió muchas sonrisas de niños y niñas en Bombay. Fundó la ONG Sonrisas de Bombay (www.sonrisasdebombay.org) y está luchando por conseguir más y más sonrisas. Vaya, aquí no nos recreamos en una sonrisa y allí completa la vida. Una sonrisa, suficiente. Y lo dice todo. Ha escrito un libro contando su experiencia, "Sonrisas de Bombay. El viaje que cambió mi destino", y ha vuelto a España para decirnos que el mundo está conectado, que está formado por personas y que no estamos tan lejos las unas de las otras, aunque a veces nos empeñemos en complicar las cosas. Suficiente.
No, no voy a escribir la carta a los Reyes Magos, ni voy a criticar lo consumistas, pesaditos y exigentes que nos ponemos estos días. Sólo por cumplir. Ni voy a vomitar deseos y más deseos, de paz, solidaridad y amor. De eso las teles están llenas; de buenos propósitos que nunca se pasan de moda y que quedan tan bien en las cabeceras, en los anuncios, en las galas.
Suficiente. Un poco de esencia. Cierra lo ojos y siente, luego me lo cuentas. Seguro que te sorprende. Ni utopías, ni metas irreales, ni fantasiosas. "Prefiero imaginarte como el aire", canta Lantana. Suficiente. Y ahora te invento y cuento hasta tres y siento. Te siento. Un instante.