Un compañero de máster me dijo hace unas semanas que la situación del País Vasco no era exactamente como “salía en los medios de comunicación”. Me lo comentaba un chico que vive y trabaja en el País Vasco. También decía que la concejala con la que normalmente trabajaba, de ANV, era “muy maja”.“Yo no vivo allí, no conozco en primera persona el día a día”, contesté, “además tampoco me creo a pies juntillas lo que sacan los medios de comunicación”. Sin embargo, hay algo cierto: “En el País Vasco no hay libertad”. Si alguien se atreve a ejercerla, morirá.
Y esa es la triste realidad, a pesar de lo maja que resulta ser una chavala de un partido que no condena los atentados, y de que los medios puedan dar el color que les apetezca a los hechos, de aquí, de allí, da igual. Excusas.
Puede ser un encanto de chica. No lo dudo. Es más, una ricura; se lo puede permitir. La felicidad al alcance de su mano. Ella no lleva escolta, ni tiene miedo a morir de un tiro en la nuca, ni su coche va a estallar por los aires. Porque ella y los de su seudopartido lo valen, son los suministradores de libertad, los que ponen y quitan dosis de un bien preciadísimo en el País Vasco, del que andan más bien escasitos. ¡Mírales, qué valientes! Y pobre de ti, como pienses de otra manera… Yo que tú, la política que no sea con olor a pólvora ni tocarla, ¿eh? Porque el precio es la vida y, amigo, la vida está muy cara. Y es que el kilo de libertad se ha puesto por las nubes.
El otro día asesinaron a un guardia civil, pero podían haber muerto más personas, entre ellas niños y niñas. El cuartel estalló y España volvió a quedarse muda de espanto, de dolor, de impotencia. Muy bien, y ¿ahora qué? ¿De qué van? ¿Qué es lo que quieren? ¿Por cuánto dinero están dispuestos a matar? Porque a mí todo este rollo de la independencia me aburre y despide un tufo mercenario que no veas. Saben de sobra que nunca van a conseguir la independencia. Y con la fórmula del gatillo, menos. ¿Hasta cuándo? ¿Cuántas personas van a tener que morir?
Propongo una manifestación. Una gran manifestación. En una ciudad del País Vasco. Autobuses repletos de manifestantes de todos los puntos de España con una única pancarta, un único camino, una misma voz: ETA NO. Bien fuerte, un grito de unidad que rompa los tímpanos de los asesinos. Y que vecinos de todas las comunidades autónomas recorran mezclados, con solidaridad pegadiza, las calles de las gentes vascas que quieren vivir en libertad, y que unos no-vascos, no-españoles, no-personas, se han empeñado en arrebatarles.
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