viernes 2 de mayo de 2008

Por pura envidia

A Maxi le gusta hurgar en la basura. Y sacar la mierda de otros. “No huele tan mal”, piensa, cuando descubre tesoros deshechos. Patos de goma, bollos roídos, ropa nueva y sucia, pasada de moda.
Se pinta los labios con una barra roja que encontró en el cubo del chalet con cortinas de hormigas. Como nueva. Deja la boca brillante, suave, como terciopelo de cabaretera. Y Maxi se siente grande. Sonríe. Hoy ha tenido suerte. Saca del carrito un espejo acribillado y se mira, se remira. Vuelve a sonreír. Lo hace despacio, dedicándose todo el tiempo del mundo. A Maxi le sobra el tiempo. Sin prisa se atusa el pelo, brillante, grasiento y frágil. Hilitos que caen de puntillas sobre los hombros. Separados por la polución, la suciedad y todo el tiempo del mundo.
Ni domingos, ni veranos, ni inviernos. Maxi es invisible para la vida normal. Sin embargo, es la reina de la nocturnidad, de la realidad esquemática, sin artificios, sin frivolidades, sin ostentaciones. Se queda con el minimalismo del momento, de lo que otros no saben mirar.
Ordena sus adquisiciones con esmero, como hijos que desea desde el anonimato de la calle. Tira de la cuerda y saca una cartera vieja con fotos de antaño. Reliquias que conserva con cariño, nostalgia; y que sin caer en la melancolía relame con amor de madre.
Maxi ha perdido el llanto. Le robaron el carrito, derramó las últimas lágrimas que guardaba por si las moscas y decidió no llorar jamás. Se marcharon las ganas en ese mismo instante. Se secó la mejilla con la manga de punto gordo y comenzó a buscar otro carrito.
Recorrió las calles, kilómetros de miedo, de soledad, de entereza, de rabia congelada. Y encontró otro contenedor de regalos, en un rinconcito del barrio más impopular. Más bonito que el anterior, más grande, más todo. “Soy la mujer más afortunada del mundo”, gritó para adentro.
Piensan que la vida de Maxi es una putada. Miran por encima del hombro, cuando caprichosos deciden hacer caso a la dama callejera, y los ojos de los urbanitas prepotentes lanzan asco, pena y desprecio. Pero Maxi dice que es pura envidia.
Ella no rinde cuentas a una multinacional carnívora, ni es esclava del tiempo, ni de la hipoteca, ni del qué dirán.
Sin vender su alma al futuro, vive el presente con una barra roja que enseña con alegría de mujer libre. Con pasión ilimitada, ella ríe exultante. Sensualidad guerrera. Y es que nadie se fija en la felicidad de una reina con corona de fieltro. Por eso, por pura envidia.