domingo 22 de junio de 2008

Estrellita

Con la cabeza bien alta y el pecho erguido, Raquel recorre la calle más contaminada de Madrid. Sucio el asfalto, patea la acera desconchada, mientras el verano tórrido reblandece un maquillaje demasiado barato. Pisa fuerte, con zapatos blancos de tacones de aguja, a veces rojos y en las noches de fiesta, negros, negrísimos, de brillo mortal. Sin medias en invierno, teclea las baldosas con un brío sureño que tiembla la urbe. La falda bien corta, ceñida al cuerpo y sin miedo a hacer el ridículo, porque ella es la dueña del qué dirán.
Los hombres repasan su anatomía con descaro. Ella ni se sonroja, ni se molesta; sólo deja que ocurra, mientras las otras lanzan dardos de derrota sobre su escote. Y la rabia se apodera de unas del montón que nunca podrán ser como ella. Lo sabe y lo subraya cada vez que lanza media melena al viento, desafiante.
Llora cuando nadie la ve, en la habitación nublada de la pensión Julia Sánchez. Allí nadie conoce su historia, nadie pregunta. En la maleta se respira demasiada sinceridad, recuerdos que le golpean la cabeza cuando duda de su nombre, pero cuando la incertidumbre se apodera de las noches, desvalija el pasado rápidamente para no perder el norte. Y se encuentra.
Se ríe siempre, delante y detrás del espejo, sobre todo cuando hay ojos señalándola. Una mueca falsa para no rendirse a la crudeza de la vida. Y en falso va cicatrizando la herida de la mala suerte. De los que fue dejando, de los que nunca conocerán sus apellidos. “Hice lo que tuve que hacer”, repite una y otra vez. Recorre los retratos, suspira y los aprieta con la goma elástica hasta que inmoviliza el taco de fotos. Vuelta a la maleta. La única prueba de que un día no fue lo que enseña ahora.
Reza cada noche. El único vestigio infantil que no ha perdido con la experiencia perra de la vida. Relaja su ira y fortalece levemente el espíritu, trillado por la soledad y la desidia.
Cuando sale de la pensión, directa a la avenida, aprieta los dientes, clava las uñas extralargas en el bolso y jura para sus adentros que algún día el destino le brindará una segunda oportunidad, pero la dureza de la jornada desmorona cada noche sus promesas más íntimas.
“¡Estrellita!, ¡Estrellita!, mira que caracola, si te la colocas en el oído escucharás el mar”. Y de repente, Raquel responde a la voz con una mirada tierna, inocente. Desea con todas sus fuerzas escuchar las olas. Pero se da cuenta, después de pensar en voz alta, que ya nadie conoce a Estrellita.