lunes 7 de julio de 2008

Yo, forastera

Es como si me conocieran de toda la vida. Un par de meses que parecen años y una cercanía absolutamente humana. La naturaleza en todas sus manifestaciones convence, sobre todo en las distancias cortas.
He recorrido otras tierras, otras gentes y otras canciones. Éstas son distintas, suenan diferente. Poco amiga de las celebraciones, de la muchedumbre, del jolgorio popular, Soria me ha abierto las venas del sentir callejero. Y he conocido historias para contar, vidas hechas con retazos, y hombres y mujeres que, por supuesto, ya se han quedado colgados y colgadas en mi percha personal.
Reconozco que recitar una sanjuanera es para gargantas con alma, que llevan años interiorizando un sentimiento común, profundo y con denominación de origen. Es imposible seguir la estela, con credibilidad y entrega, a pies juntillas. Y es que una por mucho que se esfuerce sólo llega a comprender el esquema, porque las tripas de la tradición o se llevan muy adentro, o amigo, ponerse al día es complicado.
Entré una tarde por una de las puertas de Soria y aquello me recordó a mi pueblo. Inmediatamente reviví un millón de emociones. El Catapán. Y las charangas me reconfortaron. Mi mente comenzó a hacer fotos. Y me quedé con las risas, la música, el barullo, el fervor, la ilusión y el orgullo de pertener a un territorio. Recogí los recuerdos que fueron despertando en cada nota y los guardé en el bolsillo de la nostalgia, por si las moscas. Y en ese momento me sentí como en casa.
Después de unas fiestas que se resisten al adiós, la ciudad se despereza y la rutina descubre un terremoto difícil de olvidar.
Desde fuera se respira paz. Cruzo la Alameda y un microcosmos se apodera de la mañana. Un fotógrafo descarga sus fotos en el portátil. Un abuelo, manos atrás, visera apuntando al camino abierto, regala una tranquilidad envidiable. Pasos cortos. Respiración profunda.
Una señora con la mirada perdida, descansa, medita, y se entrega a la sombra con fe. Los barrenderos recogen la cosecha canalla y las ardillas corretean. Se persiguen, suben y bajan del árbol contentas. Chillan. Llaman la atención de los madrugadores que vuelven a entregar su confianza en el parque.
Soria me ha dado una segunda oportunidad. Y sus gentes, su patrimonio humano, me están ofreciendo sin querer un cariño serigrafiado. Un poso que paulatinamente está conquistando mi punto de vista.
Abro la ventana y veo un edificio de colores. Unos gemelos chinos toman la merienda, una familia dominicana charla de forma distendida, burlando al calor, y algunos hindúes se preparan para el tajo. Pronto hay que abrir el negocio.
Es asombroso, por otra parte, contemplar la fusión del románico con el rostro contemporáneo de una ciudad cambiante. A veces pienso que si Machado levantara la cabeza se pasaría al verso libre. El pasado, el presente y el futuro dibujan un perfecto mosaico soriano, donde se trenzan bien prietas las culturas, la generosidad y la convivencia.