viernes 19 de septiembre de 2008

Dientes de león

El olor a fruta le volvía loco. Era casi una enfermedad, una adicción, una paranoia afrutada, dulce y pringosa que le pisaba la vida.
Su preferida; el melón de rayas intermitentes. Piel de sapo, le dicen en el puesto cuando Joan señala con timidez, casi con vergüenza, el verde picudo. Lo rodea con los dedos, acariciándolo, y lo introduce en la cesta de mimbre dorado, manoseada por los años.
Se ata con decisión la chaqueta de punto gordo, bien prieta la visera y unos pantalones un pelín cortos que delatan unos calcetines de mercadillo relucientes.
Acelgas, zanahorias, melocotones y ciruelas. El melón al fondo de la cesta y un camino cuesta arriba que le saca los colores. Pesa mucho la compra, y las charlatanas indeseables y la soledad terrenal.
En San Julián la lluvia cae fuerte y el agua corre loca por la cuesta más profunda. A Joan le huelen las manos a verde jardín. Sus árboles sacuden las últimas gotas y las flores silvestres le dan la cara, entregadas. Borracho de aromas, cierra los ojos y se deja llevar por los pinos íntimos. La hiedra se excita con las margaritas salvajes y las amapolas recién nacidas sonríen al hombre más hortícola.
Su mundo secreto se rinde a las inquietudes entrañables, a los detalles milagrosos. Las puertas metálicas encierran los encantos de una naturaleza demasiado personal para ser compartida. Pequeño paraíso. Nadie lo ha visto por dentro. Se quedaron en la cáscara de lo inédito.
La casa vigila los colores campestres, la hierba alta. Con grandes tijeras, Joan retoca los arbustos que han crecido con el tiempo. Se deja querer por la selva que desafía su hogar de madera.
Eligió un verde oscuro, salpicado con tonos primaverales; rosas, morados y un amarillo chillón. En fin, son los dientes de león, su flor favorita, los que salpican el terreno viciado por la humedad y el tallo tierno.
Joan no tiene miedo a escuchar lo que piensa. Mientras las cotorras se meten con su vida, elegida libremente, él permanece feliz en su burbuja natural, confortable, hermosa, olorosa.
Sopla las semillas de la planta fetiche y millones de puntitos agraciados, fértiles, caen despacio sobre el manto irregular de la pradera privada, la de Joan. Su casa.
Por la mañana, recoge los dientes de león con esmero. Rodea la cintura de las plantas con una cuerdecita marrón y los coloca sobre la mesa de la cocina, en un jarrón transparente, algo chato; y otros montones sobre la cama, el lavabo, la estantería del salón.
Y ensimismado contempla las flores amarillas, como si a través de los pétalos finos atravesara el tiempo, y volviera a corretear por la ladera, con Mario, para caer sobre cientos de milanos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola,Ana,

Dime una dirección de e-mail donde escribirte. Tengo una información para tu blog.
Mi correo: janaru@gmail.com

Un saludo,