Impecable. De andares, de labia. Un conquistador de almas huérfanas de acción. Ni una arruga cabezota, ni un mal gesto. A Julio le parieron chulo, rechulo, y morirá con sus botines negrísimos, de punta, en una única dirección: el éxito; acribillando las baldosas del Ministerio. Un traje brillante, tieso, gris; espejo del alma, vende su condición de chico listo. El pelo bien echado para atrás: negro carbón, sin tintes, con testura, crujiente, con onditas que dibujan los detalles de una corta y perfecta cabellera, da cuerpo a una seguridad ácida, a veces insoportable.Una carcajada para todo; para bien y para mal. Julio contagia de fanfarronería los pasillos estrechos y los techos altos de un lugar aburrido y meticuloso. El estruendo hace daño a los oídos de los que odian el grito socarrón de un veterano. Pesa mucho el tedio, y la rutina poderosa invade las vidas tristonas de los autómatas infelices.
Todos saben que las sonrisas son una mentira a rabiar, un cristalito que se coloca en la parte antipática del rostro para disimular. Los saludos forzados, los “buenos días” hipócritas que revientan las mañanas administrativas, sólo desprenden podredumbre humana.
Los suelos pulidos reflejan el control, la marcha rápida de cientos de funcionarios, la frustración y los planes que hicieron otros para uno mismo. La limpieza extrema, el olor a oficina, a tránsito, a papel concentrado, recrean una vida laboriosa, impersonal y marchita; casi inerte, emoción de piedra.
Detrás de esos muros descansan otras paredes; más libres, menos impuestas. La calle se deja querer y revienta las ataduras de los insípidos que trepan por despachos y corbatas. Julio lanza el maletín al Citröen C4, se desabrocha el primer botón de la camisa y respira profundamente, tres veces.
Es lunes, toca piano, gimnasia rítmica y alemán. Julio espera a las puertas de una de las academias más caras de Madrid. Clara sale con una sonrisa de oreja a oreja. Ha sacado un sobresaliente en alemán. Julio resopla, sonríe y advierte a su hija que se ponga el cinturón. La niña obedece. Y un día, y otro día.
En La Lunera se bebe bien y la diversión no pasa de puntillas: se palpa, se contagia. El escenario se abre a los que quieren una noche vividora. Luces de colores y una luna gigante presidiendo un suelo resbaladizo.
“¡Carla Blue!” Grita el señor de patillas. Y de repente, una musa sale de las cortinas de purpurina, con plumas, maquillaje multicolor y pestañas, que como toboganes, hechiza a los que esperan con lascivia detrás de su copa. Se mueve con exageración, provocando; los taconazos que le elevan por encima de la realidad teclean con ritmo a Meredith Brooks, mientras la peluca roja, de rizos abiertos, se desliza por su espalda despejada.
La falda corta ajustada deja ver unas medias de rejilla divinas. Unos guantes azules perfilan un brazo atlético, largo; que van saliendo del cuerpo con sensualidad.
Y la noche se derrite a Carla Blue. Aplausos, gritos de estupor y silbidos profundos, que envuelven reverencias a la reina de La Lunera.
“¡Otra vuelta, guapa, otra vuelta!” Y la drag queen más elegante levanta los brazos, dedicando un giro perfecto a un público completamente encandilado.
Es tarde, La Lunera se vació de voces. Descansa el glamour. Enciende un cigarro, se abrocha el primer botón de la camisa y tararea la melodía que Clara siempre canta en el coche, de vuelta a casa, después de alemán.
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