domingo 21 de diciembre de 2008

Ni la mismísima Navidad


Cientos de paraguas cabalgan por la avenida nublada. Grises sombras que van de aquí para allá con prisas, como si el camino estuviera pintado en las baldosas. Una línea transparente que guía los pasos de los aburridos peatones, torpones en un día de lluvia. Codazos, paraguazos y miradas perdidas que chocan de vez en cuando con los que se quieren mojar, odiando con ganas a los adictos paragüeros.
El padre de Martín se queda embobado en el escaparate de las televisiones gigantes. A pesar de la lluvia, no puede contener ese cosquilleo infantil prenavideño.
Con la boca abierta, dedica una mirada casi mística a las pantallas planas, mientras aprieta la mano de su hijo a ritmo de anuncio publicitario.
Un segundo y Martín suelta la mano de su padre. ¡Se había acordado! Mete la mano en el bolsillo del abrigo y saca un palote de caramelo. Pero llueve y es imposible abrir el dulce. El paraguas, los guantes y el remolino de gente provocan un aluvión de suspiros en la mente de Martín.
- Bueno, para luego. Y vuelve a meter el palote en el bolsillo.
Aprieta de nuevo la mano de su padre y piensa en los regalos navideños. Pronto el árbol estará repleto de ellos. Una sonrisa gigante se refleja en el cristal frío de la tienda de televisores caros.
Su padre reanuda la marcha. Comienza el trote por una de las avenidas más concurridas y tormentosas de la ciudad, donde el asfalto ha amargado la ilusión a los seres vivos. Los deseos están atrapados en las cárceles de cristal y las luces iluminan un baile frenético de corazones acelerados. Navidad. Como si las prisas redoblaran su condición estresante y durante esas fechas la ansiedad quisiera tener un triple protagonismo.
Comprar es el verbo fetiche. Los turnos de los grandes almacenes no dan tregua a la noche y las ventas crecen y la crisis es una leyenda adulta que no interesa a todos.
Avenida abajo, el padre de Martín anda muy deprisa, con paso largo, muy largo. El niño apenas ve, entre el gorro, el abrigo y el paraguas, sólo distingue los cuadrados grises del suelo sucio y mojado. Le cuesta seguirle. A veces le da pequeños tirones para que agilice el paso. Pero las piernas cortitas de Martín no pueden ir más rápido.
El niño resopla, la bufanda le empieza a cortar el oxígeno y el palote da más saltos que un canguro hiperactivo.
De repente llegan a un portal enorme. No es su casa. Cierran rápidamente los paraguas. Suben las escaleras, hasta el primero; llaman a la puerta; les abre una mujer esquelética, un fideo. Martín está confuso.
- ¡Ya era hora!, exclama la mujer palillo.
- Cuando he podido, ¡había un montón de gente en la calle! ¡No se podía ni andar!, se queja el padre.
- ¿Quién es este niño?, pregunta la mujer
- ¿Quién va a ser? ¡Roger!, exclama indignado.
- No, imbécil. ¡Éste no es Roger!, grita la mujer.
- ¿Y mi papá?, dice Martín, con voz entrecortada, a punto de llorar.
- ¿Y mí papá?. Martín deja caer el paraguas, se da la vuelta, cruza la puerta acorazada y salta de dos en dos las escaleras empinadas del portal enorme.
La calle. Personas robotizadas deambulan con bolsas brillantes. Y los paraguas.
- ¡Papá, papá...!, grita Martín entre lágrimas. Los viandantes no escuchan sus gritos. No ven, no paran, no oyen.
- Ya, Martín, ya. Estoy aquí...
Se sienta en la cama e intenta calmar a Martín.
- Es Navidad y el árbol está repleto de regalos-, exclama el padre emocionado.
Martín observa por un instante los ojos de su padre y se detiene en el color miel que colorea su mirada.
- Nunca me soltaré de tu mano- advierte Martín -aunque intenten separarnos miles de paraguas, la lluvia, los escaparates de las televisiones caras, los palotes de caramelo o la mismísima Navidad. -Nunca- ¿me oyes?- nunca, papá.