martes 23 de diciembre de 2008

Soria millonaria y yo con el corazón contento


César ha salido de casa bien pronto por la mañana. A las 8,30 tiene que preparar el equipo y esperar, sentado ante el televisor, a que toque la lotería en Soria. Si cae algún premio tendrá que salir corriendo a por los afortunados y seguramente acabe destrozado de la espalda, pero con la adrenalina cargadita.
Llamada al móvil. Es César. Le apago, estoy esperando una visita en el despacho. Son más de las 9 y media y escucho a los chavales de la Escuela Taller montando jaleo. “¡Que me ha tocao!”, grita emocionado un chaval. Cita a continuación un número y la cuadrilla anima a una de las responsables de la escuela a poner la radio. Creo que es una broma. Siempre están de cachondeo. Empieza a sonar el soniquete de la lotería. Entra por la puerta Pilar, una de nuestras antiguas usuarias, para que le revise unos papeles. Me anuncia con una medio sonrisa que ha tocado en Soria, en el Gari. Así que, pensé, “los chicos de la Escuela Taller chillaban con toda la razón del mundo”. No sé, no consigo resolver el asunto de los papeles de Pilar. Hacienda es retorcida, así que nos despedimos. Feliz Navidad, y ella se vuelve de nuevo con sus hijos, a otra provincia, donde han encontrado una oportunidad. Está esperanzada. A ellos no les ha tocado la lotería, pero estar juntos, después de mil avatares, ya es una suerte.
La ventana de la buhardilla está abierta. El despacho descansa en la picota del edificio, al ladito de la plaza mayor y en la boca del Collado. El sol cae en picado y llena de luz toda la sala. Se agradece. El frío soriano se soporta muy bien en este invernadero particular. Vaya, pensé, el Gari. Otra de nuestras usuarias tiene que tener lotería de ese bar. Trabaja allí, en la cocina. Bien por ella, su viaje a Ecuador será inolvidable.
Devuelvo la llamada a César. Me calca la noticia que ya sé. Colgamos. De repente escucho gritos, cánticos. Las sanjuaneras más claras que nunca y no se celebra San Juan. “Ya era hora, ya era hora…”, oigo desde la buhardilla. Hora del café. Son las 11,15 de la mañana. Bajo de mi buhardilla. Tres cámaras de televisión y una unidad móvil colapsan la entrada de la administración número 2 de Soria, en el Collado, una de las calles más transitadas y populares de la ciudad del Duero. El tercer premio. Aquí, y en el Gari. Gente cantando, brindando, bailando. Caras conocidas, curiosos que se arremolinan para que les contagien el buen humor.
No me tocó. Al menos eso creo. Mis compañeros de oficio tampoco han salido bien parados en esto de la suerte. Echamos para el Niño, un décimo a pachas, lo pasamos por la chepa de alguno y retorno a mi buhardilla.
Terminamos antes. Por ser Navidad, aperitivo. Pinchos de tortilla, torreznos, chorizo, queso y vino, mucho vino. “A mí no me ha tocado nada, pero a mi familia sí”, anuncia el alcalde. Está contento. Y otros tremendamente contentos. Algunos cabreados, hundiendo la frustración lotera en la copa de vino español.
No es tarde. Más bien, la tarde comienza. En el Mesón Castellano llueven las botellas de cava. Está hasta los topes. Es un hermano del Gari. La gente entra, poca sale. La fiesta promete y las copas de champán pueblan las cabezas cada vez más chispas.
Herradores. Plaza emblemática y salpicada de unidades móviles da la bienvenida a los no agraciados: nosotros; porque el resto está tirando de bocadillo y borrachera con motivo. Nos encontramos con una colega que invita a cava del bueno. Feliz y de enhorabuena. A su marido casi le pilla un coche, cuenta con ironía, cuando iba a depositar el décimo al banco.
Y otras botellas cayeron. Felicitamos al chaval de la Escuela Taller, agraciado y agradecido. Un décimo de gloria.
Todavía queda tarde. A la Cepa. Un mariachi que no sabe tocar la guitarra, con su poncho, camisa de Tommy Hilfiger y un sombrero de tres por cuatro.
Una familia de dominicanos con una planta exquisita está de celebración. Dos niñas corretean con vestidos de domingo, mientras la madre da el biberón a la recién nacida. El padre emocionado contagia su buena estrella. Inmigrantes asentados, ella camarera del lugar, disfrutan de su destino con los autóctonos. Invitan a cava. Más botellas. “Les ha tocado tres del primero”, dice una mujer bajita con cazadora a rayas y visera blanca. Parece cubana. Y es que en Soria ha caído a dobles: un pellizco del primer premio e íntegro el tercero. Le acompaña un caballero, también cubano, con melena rizada, abrazado a un botellín de cerveza. Sentado, riendo y animando a su compañera de batalla. “Era gay, pero yo le saqué”, exclama orgullosa, mientras se marca un zapateao. Canta una medio rumba que incita al movimiento. El bar se rinde a la mujer pequeña, que tiene hijos altos y un espíritu, según ella, grande, bien grande.
“Tengo el corazón contento, el corazón contento…” Y todos al unísono repetimos el estribillo, como algo personal. En fin, afortunado en amores.
Exaltación de la amistad, conversaciones inverosímiles y más botellas de champán. Un señor de bigote, que hacía los coros mediocres al mejicano de pega, nos trae otra botella: “A mi hijo le ha tocado”. Y nos llena las copas de nuevo. Sin freno. Celebrando la “no lotería”. Cánticos desde los comedores, pero nosotros nos vamos. La barra está vacía.
Resaca. Día de trabajo. Soria se ha despertado activa, después de un día exultante. Vuelve a hacer sol. Rayos secos caen por la ventana de la buhardilla. Boca seca. Los chavales de la Escuela Taller han vuelto al ayer por unos momentos, pero enseguida se han marchado a sus tareas. Queda la estela de una tarde-noche sin suerte, pero con una gracia que no se puede aguantar. Compañeros sin millones. Sonrisas a mares, con o sin ceros, y una fortuna en amores… que ni las películas de Disney.