domingo 20 de enero de 2008

Tomateros

A veces voy a casa de mis padres. Viven en una ciudad pequeña, de unos 30.000 habitantes, de esas donde dicen que se respira una tranquilidad que ya quisieran los de Madrid. En fin, poca gente, poco estrés, poca contaminación y cero intimidad. El anonimato es misión imposible. Me decía un madrileño que la capital es anonimato para lo bueno y para lo malo. Ay, bendita invisibilidad; me importa un piminiento el anonimato para lo malo, le quiero con sus virtudes y defectos.
En el pueblo-ciudad de mis padres pasar desapercibida no es tarea fácil. Y más si el barrio es lo más parecido a la Rue del Percebe, y no ya por el disparate del edificio de Ibáñez, sino por la variedad de una fauna que supera la ficción del famoso cómic.
Existen diferentes puntos estratégicos que ni los osados reporteros del Tomate sabrían exprimir. El supermercado es el talón de aquiles de los que suplicamos no ser reconocidos. Mercadona. Pasillo tres. Estantería del papel higiénico. Ufff, no me ha visto. Eso es lo que tú te crees, porque sí te ha visto. Espían hasta que te pillan desprevenido para atacar. Y la lengua viperina dispara. El tercer grado está servido entre los rollos de papel: "¿Cómo está tu familia? ¿Dónde estabas tú trabajando? ¿No te casas?". Y te gustaría que los rollos de papel explotaran y que el supermercado se inundara en ese mismo momento de sedoso papel y que más de uno o una se atrangantara con grandes tiras de colhogar y escotex.
Y que no te pase nada. Ni se te ocurra. Si la enfermedad llama a tu puerta estás perdida. El teléfono se convierte en tu peor enemigo. Es una de las armas favoritas de los tomateros y tomateras de barrio. Aporrean la línea telefónica sin piedad, de tal forma que intentan hacerte creer que se preocupan, que sienten con dolor tu dolor. Y ahí se enciende el piloto rojo de la paciencia.
Si te ocurre algo bueno, algo para celebrar, nadie parece enterarse, a nadie importa. Si es negativo, el morbo se apodera de la mente cotilla y el que nunca saluda, se acuerda de saludar, y pregutar y requetepreguntar, y ¡oh, milagro! se acuerda de tu nombre.
Generar información podrida, sin contrastar, sin piedad y sin corazón pasa a ser deporte nacional, por encima de la tanguilla y los bolos, que por cierto, de ahí también salen grandes "reportajes de investigación".
Salir a la calle es prepararse para cruzar la selva. Bajo las escaleras, miro el buzón, abro la puerta de la calle, cruzo el patio y me adentro en el barrio. Las leonas miran de reojo, pero todavía no se atreven a atacar. Algún tigre salta. "Un bien, gracias, tengo prisa" parece saciar su curioso apetito. Si ha sido así, has tenido suerte.
Es mejor ponerse a dieta, dejar de comer pan, sólo por no tener que enfrentarse al cuestionario panaderil... La panadería, la reina del cotilleo. Y la peluquería, claro, por supuesto. Otro territorio tomatil por excelencia. Es imposible jugar al despiste cuando estás rodeada. ¡Zas! ahí no te salvan ni las revistas, por muy profundo que metas el hocico en ellas.
Si sales en bata a la terraza, ten cuidado con el modelito. Ya te han fichado, y los paparazzis son aficionados, comparados con esta manada de entregados oteadores. Porque se quedan mirando hasta que memorizan cada movimiento, cada hilo de esa bata de hace veinte años. No les hace falta teleobjetivo; creo que lo tienen incorporado al cerebro.
El tomate se ha perdido grandes profesionales en la ciudad-pueblo de mis padres. Tendrían muy difícil el casting. Hay mucha competencia. Sin micrófono, sin logotipo, sin cámara, sin plató. Como Callejeros, pero sin salir en la tele. Historias anónimas, dicen. ¡Ja! Pues aquí nos quedamos, en manos de esta pandilla de reporteros y reporteras voraces. Y es que cuando me encuentro de morros en la telebusura con Belén Esteban, sólo puedo suspirar y relatar entre dientes: "A ti por lo menos te pagan una pasta por contar tus enfermedades, casoríos, gracias y desgracias".