martes 18 de marzo de 2008

Promesas que no valen nada

Cuántas lágrimas habré derramado y cuánto tiempo habré perdido haciendo promesas. Le prometí que todo iba a salir bien, que todo volvería a ser como antes. No era cierto. Me lo creí y se lo hice creer para que afrontara el trance de la mejor forma posible. Todo salió mal. Está siendo una lucha encarnizada con la vida, pero esta vez el bueno no gana.
Ni palabra, ni movimiento derecho; sólo gestos y monosílabos que denotan cansancio, aburrimiento y a veces derrota. Sin saber el final, los días pasan sigilosos, por obligación. Otros ya sabemos el desenlace y sin manual de instrucciones, sin trucos nos enfrentamos al abismo con un aguante casi místico.
Todos los recuerdos se agolpan y quieren entrar a la vez, para romper la conspiración del presente. Las fotos son losas y contrastan con el destino salvaje.
La cercanía física, incluso el agobio permanente, son los únicos recursos que quedan para sentir su humanidad profundamente, y así aprovechar los sentidos hasta la extenuación; aunque el paciente irritado quiera deshacerse del acoso. No se puede evitar. Cuando con una mirada de rabia indica que ya está bien de carantoñas y mimos pegajosos, una sólo puede suspirar y con los ojos rasgados abandonar la sala con un sentimiento de culpa extraordinario. Entre incredulidad, negación y miedo pasa la espera. La rabia y la impotencia romperían paredes y la culpa se redobla.
Ahora vienen unos médicos muy psicólogos. De vez en cuando despliegan sus instrumentos y aparentan que todo está bien. Por un instante lo consiguen. Sin embargo, es mentira. Maldito paripé. Están pendientes de que no haya dolor, de las medicinas, de los análisis de turno y de desviar la atención para que el sufrimiento mengüe por unos minutos.
Dicen que hay que empezar a despedirse. Para siempre. En la cama beso su frente y repito hasta mil las veces que le quiero. Y vuelvo a decírselo. No sé cómo despedirme. A veces huelo su piel e intento grabar en mi memoria el olor, cierro los ojos y pongo el candado al nuevo registro.
No me gustan las fotos de ahora, prefiero las de antes, me gusta contemplarle en sus mejores momentos, en los días de vino y rosas. Vivimos cada celebración con una intensidad única, porque puede ser el último día. Los segundos son regalos.
Hace meses que no puedo escuchar su voz, ni pasear, ni jugar a las cartas con él. Su último viaje fue a San Sebastián. Allí vio a un amigo de juventud. Un intenso abrazo y un hasta siempre. Ya no podrá verle jamás.
A veces levanta un poco la mirada, hasta donde la discapacidad se lo permite, y observa la repisa en la que le vela un puñado de santos.
Nunca le había visto llorar. Ni cuando murió su madre. Ahora es distinto. Un suspiro, el corazón se agarrota; la soledad y la angustia se apoderan del individuo. La rabia me mata. El dolor me paraliza. Y llora.
Los buenos nos abandonan pronto. Aquí quedan, envejeciendo los malos, como los cardos, resistiendo la tempestad y los herbicidas. Pero los buenos se marchan veloces al cielo. Como si tuvieran prisa por disfrutar de lo mejor, porque, claro, se lo merecen. Él se lo merece, porque es el mejor. Sólo puedo leer su mirada, e intentar comprender su pena sin emocionarme.
“Eres el rey de los buenos”, le digo. Él sonríe y en silencio los dos nos contemplamos. Sin promesas.