sábado 17 de mayo de 2008

¿A cuánto está el kilo de libertad?

Un compañero de máster me dijo hace unas semanas que la situación del País Vasco no era exactamente como “salía en los medios de comunicación”. Me lo comentaba un chico que vive y trabaja en el País Vasco. También decía que la concejala con la que normalmente trabajaba, de ANV, era “muy maja”.
“Yo no vivo allí, no conozco en primera persona el día a día”, contesté, “además tampoco me creo a pies juntillas lo que sacan los medios de comunicación”. Sin embargo, hay algo cierto: “En el País Vasco no hay libertad”. Si alguien se atreve a ejercerla, morirá.
Y esa es la triste realidad, a pesar de lo maja que resulta ser una chavala de un partido que no condena los atentados, y de que los medios puedan dar el color que les apetezca a los hechos, de aquí, de allí, da igual. Excusas.
Puede ser un encanto de chica. No lo dudo. Es más, una ricura; se lo puede permitir. La felicidad al alcance de su mano. Ella no lleva escolta, ni tiene miedo a morir de un tiro en la nuca, ni su coche va a estallar por los aires. Porque ella y los de su seudopartido lo valen, son los suministradores de libertad, los que ponen y quitan dosis de un bien preciadísimo en el País Vasco, del que andan más bien escasitos. ¡Mírales, qué valientes! Y pobre de ti, como pienses de otra manera… Yo que tú, la política que no sea con olor a pólvora ni tocarla, ¿eh? Porque el precio es la vida y, amigo, la vida está muy cara. Y es que el kilo de libertad se ha puesto por las nubes.
El otro día asesinaron a un guardia civil, pero podían haber muerto más personas, entre ellas niños y niñas. El cuartel estalló y España volvió a quedarse muda de espanto, de dolor, de impotencia. Muy bien, y ¿ahora qué? ¿De qué van? ¿Qué es lo que quieren? ¿Por cuánto dinero están dispuestos a matar? Porque a mí todo este rollo de la independencia me aburre y despide un tufo mercenario que no veas. Saben de sobra que nunca van a conseguir la independencia. Y con la fórmula del gatillo, menos. ¿Hasta cuándo? ¿Cuántas personas van a tener que morir?
Propongo una manifestación. Una gran manifestación. En una ciudad del País Vasco. Autobuses repletos de manifestantes de todos los puntos de España con una única pancarta, un único camino, una misma voz: ETA NO. Bien fuerte, un grito de unidad que rompa los tímpanos de los asesinos. Y que vecinos de todas las comunidades autónomas recorran mezclados, con solidaridad pegadiza, las calles de las gentes vascas que quieren vivir en libertad, y que unos no-vascos, no-españoles, no-personas, se han empeñado en arrebatarles.

viernes 2 de mayo de 2008

Por pura envidia

A Maxi le gusta hurgar en la basura. Y sacar la mierda de otros. “No huele tan mal”, piensa, cuando descubre tesoros deshechos. Patos de goma, bollos roídos, ropa nueva y sucia, pasada de moda.
Se pinta los labios con una barra roja que encontró en el cubo del chalet con cortinas de hormigas. Como nueva. Deja la boca brillante, suave, como terciopelo de cabaretera. Y Maxi se siente grande. Sonríe. Hoy ha tenido suerte. Saca del carrito un espejo acribillado y se mira, se remira. Vuelve a sonreír. Lo hace despacio, dedicándose todo el tiempo del mundo. A Maxi le sobra el tiempo. Sin prisa se atusa el pelo, brillante, grasiento y frágil. Hilitos que caen de puntillas sobre los hombros. Separados por la polución, la suciedad y todo el tiempo del mundo.
Ni domingos, ni veranos, ni inviernos. Maxi es invisible para la vida normal. Sin embargo, es la reina de la nocturnidad, de la realidad esquemática, sin artificios, sin frivolidades, sin ostentaciones. Se queda con el minimalismo del momento, de lo que otros no saben mirar.
Ordena sus adquisiciones con esmero, como hijos que desea desde el anonimato de la calle. Tira de la cuerda y saca una cartera vieja con fotos de antaño. Reliquias que conserva con cariño, nostalgia; y que sin caer en la melancolía relame con amor de madre.
Maxi ha perdido el llanto. Le robaron el carrito, derramó las últimas lágrimas que guardaba por si las moscas y decidió no llorar jamás. Se marcharon las ganas en ese mismo instante. Se secó la mejilla con la manga de punto gordo y comenzó a buscar otro carrito.
Recorrió las calles, kilómetros de miedo, de soledad, de entereza, de rabia congelada. Y encontró otro contenedor de regalos, en un rinconcito del barrio más impopular. Más bonito que el anterior, más grande, más todo. “Soy la mujer más afortunada del mundo”, gritó para adentro.
Piensan que la vida de Maxi es una putada. Miran por encima del hombro, cuando caprichosos deciden hacer caso a la dama callejera, y los ojos de los urbanitas prepotentes lanzan asco, pena y desprecio. Pero Maxi dice que es pura envidia.
Ella no rinde cuentas a una multinacional carnívora, ni es esclava del tiempo, ni de la hipoteca, ni del qué dirán.
Sin vender su alma al futuro, vive el presente con una barra roja que enseña con alegría de mujer libre. Con pasión ilimitada, ella ríe exultante. Sensualidad guerrera. Y es que nadie se fija en la felicidad de una reina con corona de fieltro. Por eso, por pura envidia.