jueves 31 de julio de 2008

Ojos de mar

Uno, dos, tres, cuatro, hasta ocho golpes de cadera. Rosalía revienta el parqué a taconazo limpio. Finitos, triángulos de plástico que penetran en la madera con fuerza de chica decidida. La cintura desnuda pasea sinuosa por la bachata, el regetton, la salsa, el merengue; con una seguridad asombrosa, mientras los aprendices exahustos suspiran al compás de las vueltas coquetas, pícaras, exultantes de su diosa bailona. Rosalía muestra lo mejor de su personalidad latina, quemando las tardes en la escuela de su padre. Un hombre serio de puertas para fuera, un huracán por dentro que contrasta con el chisporroteo de sus camaradas: viscerales, charlatanes, besucones.
Dadi abre las puertas al sediento de ritmo. Y le ofrece los licores más caros, más exclusivos. Sólo él conoce bien este mundo pasional, entregado al instante, al colmo de lo estrictamente personal; porque el sentimiento que prospera es pura vida, la de uno mismo.
Rosalía ríe, alegremente respira, y con tacto firme, repasa la anatomía de un compañero que sigue, paso a paso, unos pies condenados a ser libres.
"Ay, esa princesa del Cabo Loco", grita Eric, el más chiflado, y el equipo de música se rinde a la más bella.
Recortes de periódico decoran la sala amarillenta, machacada por el vicio, y los sonidos más adictivos. El viento entra por una rendija mal nacida y alborota los papeles. La luz se estrella contra el suelo gastado y el polvo salta por encima, deseando otro zapatazo.
Rosalía se recrea en las canciones, en los movimientos. Apasionada con la misión que más vida le ha regalado, demuestra en cada gesto su condición de buena gente. Atrás quedan los amores derribados, que renacen en las vueltas rápidas. Así la soledad se soporta con menos esfuerzo.
Denis, el camarero del Califa, recuerda su aroma a mar. El primer día que pisó el suelo del pub se marchitó la tristeza. Y el azulito claro lo invadió todo.
Aparcaron la Vespa en la farola, sus ojos clavaron la buena suerte y un morenazo rodeó la cintura de Rosalía. Denis lo cuenta entre suspiros, ignorado y derrotado por un amor monoplaza. El padre le sonríe, es lo único que puede hacer por su alma.
El corazón de Rosalía late rápido y los sentimientos se apoderan de la magia de unos pies perfectos. Otro amor quemado. Ahora es Denis quien sonríe, pero sabe que la amistad juega en su contra.
Rosalía le toca la cara, le susurra algo al oído, se coloca las gafas, recoge el bastón y sale por la puerta del Califa con una alegría profunda.
Denis continúa secando los vasos. En el Cabo Loco dan los últimos retoques a los pasos peor dados y la tarde se apaga con su marcha.
Los ojos de Rosalía ven lo que el baile colorea en cada estribillo. Y los sentidos se rifan en las coreografías. Sólo hay que dejarse llevar. "Adiós, muchachos", y el aire fresco mueve su falda traviesa, mientras la calle abre sus arterias.

lunes 7 de julio de 2008

Yo, forastera

Es como si me conocieran de toda la vida. Un par de meses que parecen años y una cercanía absolutamente humana. La naturaleza en todas sus manifestaciones convence, sobre todo en las distancias cortas.
He recorrido otras tierras, otras gentes y otras canciones. Éstas son distintas, suenan diferente. Poco amiga de las celebraciones, de la muchedumbre, del jolgorio popular, Soria me ha abierto las venas del sentir callejero. Y he conocido historias para contar, vidas hechas con retazos, y hombres y mujeres que, por supuesto, ya se han quedado colgados y colgadas en mi percha personal.
Reconozco que recitar una sanjuanera es para gargantas con alma, que llevan años interiorizando un sentimiento común, profundo y con denominación de origen. Es imposible seguir la estela, con credibilidad y entrega, a pies juntillas. Y es que una por mucho que se esfuerce sólo llega a comprender el esquema, porque las tripas de la tradición o se llevan muy adentro, o amigo, ponerse al día es complicado.
Entré una tarde por una de las puertas de Soria y aquello me recordó a mi pueblo. Inmediatamente reviví un millón de emociones. El Catapán. Y las charangas me reconfortaron. Mi mente comenzó a hacer fotos. Y me quedé con las risas, la música, el barullo, el fervor, la ilusión y el orgullo de pertener a un territorio. Recogí los recuerdos que fueron despertando en cada nota y los guardé en el bolsillo de la nostalgia, por si las moscas. Y en ese momento me sentí como en casa.
Después de unas fiestas que se resisten al adiós, la ciudad se despereza y la rutina descubre un terremoto difícil de olvidar.
Desde fuera se respira paz. Cruzo la Alameda y un microcosmos se apodera de la mañana. Un fotógrafo descarga sus fotos en el portátil. Un abuelo, manos atrás, visera apuntando al camino abierto, regala una tranquilidad envidiable. Pasos cortos. Respiración profunda.
Una señora con la mirada perdida, descansa, medita, y se entrega a la sombra con fe. Los barrenderos recogen la cosecha canalla y las ardillas corretean. Se persiguen, suben y bajan del árbol contentas. Chillan. Llaman la atención de los madrugadores que vuelven a entregar su confianza en el parque.
Soria me ha dado una segunda oportunidad. Y sus gentes, su patrimonio humano, me están ofreciendo sin querer un cariño serigrafiado. Un poso que paulatinamente está conquistando mi punto de vista.
Abro la ventana y veo un edificio de colores. Unos gemelos chinos toman la merienda, una familia dominicana charla de forma distendida, burlando al calor, y algunos hindúes se preparan para el tajo. Pronto hay que abrir el negocio.
Es asombroso, por otra parte, contemplar la fusión del románico con el rostro contemporáneo de una ciudad cambiante. A veces pienso que si Machado levantara la cabeza se pasaría al verso libre. El pasado, el presente y el futuro dibujan un perfecto mosaico soriano, donde se trenzan bien prietas las culturas, la generosidad y la convivencia.