jueves 30 de octubre de 2008

Farruquito no mola

El esfuerzo no se premia, ni ser honrado, ni bueno, ni educado, ni respetuoso, ni legal. Vamos, que no se lleva trabajar con pico y pala, y además ser buena gente. Ahora, si uno se salta la ley le pagan, le felicitan, y hasta le consuelan.
No hay más que ver la portada que se gastó Farruquito hace unas semanas en el dominical del El País. De vergüenza. Se me pusieron los pelos como escarpias. De un vistazo divisé la super foto y me di cuenta de que le habían dedicado un homenaje. A un hombre que, sin carné de conducir, atropelló a un peatón, costándole la vida. Ha cumplido condena, pero el "bailaor" o como quieran llamarlo casi lo ha vivido de manera exótica, y hasta le ha servido para realzar su trayectoria profesional. Lo narra como el héroe superviviente que resurge herido, pero victorioso, después de la batalla.
La imagen del éxito revolotea por las mentes lectoras, espectadoras, callejeras; y el pensamiento se trastoca, vendiéndose a unas leyes frívolas, consumidoras y letales.
¿A quién estamos aplaudiendo? Si Farruquito fuera un don nadie, sería un ex presidiario, un excluido y un ex de la sociedad. Pero si ese "don" tiene dinero, fama y un punto morboso, el premio es gordo, muy gordo.
Lo de Julián Muñoz está cortado por el mismo patrón, sólo espero no verle en la portada de alguna revista de reconocido prestigio, y no me refiero al Hola.
De momento se están pegando las teles por tener la voz y la cara dura de este mangante. Ha salido de la cárcel como un señor, con aplausos y saludos efusivos. Y es que ni el Cordobés en una tarde de gloria.
Ahora bien, lo que más les preocupa a los medios de comunicación es si se va a ver con Isabel Pantoja. Atrás quedaron el delito, la trama, el desastre, la humillación, la ruina marbellí.
Peinado con un kilo de gomina barata, un gesto discreto y un bigote inconfundible le hacen tremendamente atractivo para las cadenas rapiñas, que sin pizca de ética, campan por la audiencia, acusándola de que "tiene lo que se merece". No, no es que nos lo merezcamos; es que están creando una agenda a la medida de unos pocos roquefelers, que interesa, una serpiente interminable que aprieta el sentido común, la cordura.
Suma y sigue. Otra tal Violeta Santader vendió sus "circunstancias personales", mientras el hombre que defendió su integridad se debate entre la vida y la muerte. Además de criticar la acción de su salvador, defiende a su agresor, y para remate cobra por ello una suculenta suma de dinero. Eso sí, requetepuesta y requetedivina. Tele 5 pagó una pasta a esta impresentable para contar una serie de despropósitos que dejaron a la cadena a la altura del betún. ¿Cómo es posible que le dieran la palabra a esta mujer? Eso tiene un nombre: sinvergüenza. Casi más Tele 5 que la protagonista en sí.
Así que, a ver quién es el valiente que explica a los chavales que para ganar dinero hay que trabajar duro, esforzarse; porque a la primera de cambio te pueden atajar con un ejemplito de estos y fulminar una brillante exposición, repleta de buenas intenciones.
"El famoso se convierte en un modelo social", explica la periodista Margarita Riviere, "¿para qué estudiar o trabajar si un programa de televisión ofrece el acceso directo a lo que nuestro mundo ha entronizado como el gran premio?"

sábado 11 de octubre de 2008

Dignamente

Nunca antes había pensado en la eutanasia. Era algo de lo que jamás discutía, ni hablaba. Casi un tabú, un asunto de otros, un debate lejano. Evitaba, huía. No quería tentar a la suerte.
Sin embargo, la suerte que tenía encumbrada bajó para darme un capón y abrir en mi cabeza una conversación que tenía pendiente.
Son las 8,30 de un viernes de octubre. Mi padre está muriéndose en la cama de un hospital. El cáncer nos ha derrotado. Ahora puedo pronunciar la palabra cabrona, pero ha tenido que pasar 1 año y 8 meses. Un tiempo en el que poco a poco hemos acompañado al hombre más extraordinario hacia un final fatídico y anunciado, aunque difícil de imaginar.
Está enganchado a un bote de morfina, envuelto en papel de plata. Dice la enfermera que es porque no le puede dar la luz. Va cayendo lentamente, directo a la vena. Una máquina controla la dosis. Y le duerme. Le ha dormido, ya, sin retorno.
Hace un semana consentimos al médico la sedación. Los dolores eran indescriptibles. Sin poder caminar, ni hablar, desde hace un año, el sudor de los últimos días delataba un agudo malestar, imposible, penetrante.
Siete días agónicos y precipitados nos llevan a una carrera de fondo, donde sólo hay vencidos. Ayer le doblaron la dosis de morfina. Respira con dificultad. Una mascarilla con oxígeno le da todo el aliento que necesita.
En estos momentos sí pienso en la muerte dulce, inconsciente. En cerrar una vida plena, con dignidad. En la posibilidad de descansar para siempre.
Y la confusión se disipa cuando veo a mi padre dormido en vida, y todo el sufrimiento que lleva acumulado.
Acaba de entrar mi tío por la puerta de la habitación, mi hermana está leyendo algunos pasajes del libro de Santa Gema, dedicándole oraciones cortas, contundentes.
Nuestra espera, nuestra compañía es un homenaje a un hombre que ha merecido siempre todo lo mejor, todo lo bueno.
La enfermedad le ha ganado la vida, una naturaleza que prometía ser centenaria.
Pocas personas llegan a conectar con nuestro sufrimiento. Demasiada compasión, pero los sentimientos que sellan la dedicación plena de mi madre son casi imposibles de entender. Mucha intimidad concentrada.
Entra la enfermera con la máquina que mide las constantes vitales. Otra le sube la cama. Dice que así va a respirar mejor. Vaya contradicción. Le coloca la bolsita con Buscapina. La claridad entra por la ventana, lo alumbra todo.
Algunos nos dicen que ahora tenemos que cuidar a mi madre. Dios mío, llevamos haciéndolo casi 2 años; de forma constante.
El médico nos ha dicho que le quedan unas horas de vida. La espera es angustiosa, temida, pero a la vez inevitable. Sabemos que duerme en paz, que está tranquilo. No sufre.
La dignidad es lo que más nos importa. A lo largo de estos meses su deterioro físico ha sido asombroso. Aunque nosotros hemos normalizado la situación, el dolor y la pena nos han ido comiendo el tiempo y la intensidad de los segundos se podía tocar con los dedos.
Él siempre sonreía. A pesar de la impotencia, el dolor y la discapacidad. Pero con dignidad, absolutamente digno.
En la habitación no hemos dejado entrar a nadie ajeno a la familia. No era amigo de visitas, ni de vecinos y vecinas cotillas e imprudentes. Tampoco le verán cuando su alma escape de esta prisión. Nosotras le recordaremos como el hombre fuerte, sabio y generoso que siempre ha sido. Y sobre todo, la despedida será digna, como su vida. Sin compasión, sin especulaciones, sin comentarios ruidosos. En fin, dignamente.
Ya no sé qué decirle. Le he dicho tantas cosas. Le ha dado tantos besos. Le he cogido de la mano en tantas ocasiones.
Una nube campa sobre nuestras circunstancias, la nebulosa nos protege.
El duelo comenzó hace ya mucho tiempo. Los recuerdos se disparan, sucesivamente, como somníferos. Y calman un poco el sufrimiento. El estado de alerta cierra el estómago y el sueño. El cansancio viene y va, aturdido, aturdiendo.
Tenemos el amor, su amor, la siembra que con tanto empeño cuidó. Los frutos; dulces, grandes, sabrosos. Un trabajador nato: responsable, ordenado y perfeccionista. Un amor.
Y aquí estamos sus mujeres, para continuar su proyecto, para seguir sembrando sus semillas maravillosas. Dignamente.