miércoles 26 de noviembre de 2008

El otro terrorismo

Suena el despertador. En realidad se despierta mucho antes de que salte la alarma. Nunca lo apaga, a pesar de la noche en blanco. Hace demasiado que el reloj funciona por su cuenta, que se desencaja atronador, mientras el sueño de Palmira se niega a hacer acto de presencia.
Gira su cuerpo hacia el lado derecho, se calza las zapatillas algodonosas y dedica una mirada perdida a otro día calcado. Levanta la persiana. Todavía es de noche. Muy pronto para el día, tarde para la madrugada.
La cafetera resopla y se retuerce en el fuego. Palmira abre el grifo de la ducha y deja caer el agua hasta que se templa. Llueve sobre su cuerpo. Evita fijarse en su anatomía atormentada y el jabón va ocultando las huellas de un chantaje casi mortal; delirante, torcido.
El vaho tapa la cara de la mujer inmóvil. Con el puño cerrado retira la cortina mojada y el reflejo de un rostro limpio y serio aparece entre gotitas calientes.
Envuelta en un albornoz azul repeina la melena negra despacio, muy despacio; dejando grandes surcos detrás de las púas verdes.
Enciende la radio. Sube el volumen. Le da la gana. Las ondas mecen sus fuerzas; amortiguan un cansancio vitalicio. Las noticias se cuelan por la memoria intoxicada y el círculo se cierra.
El cigarro se consume y la media taza de café acompaña al vicio reconfortando.
Palmira dibuja sus labios; sus ojos; se recoge el pelo, bien prieto. Un suspiro acribilla el espejo de incertidumbre y cierra la puerta, y los ojos. Lo hace siempre.
Baja las escaleras pensando en la reunión del partido que ha preparado con alfileres. Ayer no pudo mirarse nada. Es increíble, ahora que vive sola tiene menos tiempo que antes. Será que han crecido los días. De todas formas, es diferente. Todo es diferente. Acojona. Vivir con miedo paraliza, atormenta, escandaliza a la libertad, a lo más justo.
El escolta no pierde de vista los movimientos de Palmira: huele su miedo, su temblor interior, su vulnerabilidad externa.
Siempre lleva gafas de sol, se siente más segura. La incógnita le protege. Hace unas semanas lo volvío a intentar, por eso desde entonces un policía sigue sus pasos. Ha sacrificado la libertad por su seguridad. La orden de alejamiento no es un muro de espinas para el terrorista. La cárcel se escapa de su delito.
No sonríe. Habla poco y llora mucho. Reconoce que la vida le ha dado muchos desplantes, en esta ocasión se agarra a una oportunidad confusa, pero propia, porque le dio la gana. Su decisión, por una vez, su decisión.
Terror a los coches, a los desconocidos, a las esquinas, a la noche, a la multitud. Terror a ser reconocida. La ley a veces no puede frenar los ataques de un terrorista. Lo hace y punto. No están perseguidos, ni aparecen en listas negras, en los cristales de las comisarías de todo el país. Estos no. Algunos todavía les justifican, y la justicia en ocasiones mira con el ojo tuerto.
No echa un vistazo debajo del coche, sencillamente porque no tiene coche. Pero las violaciones, los golpes y las humillaciones sí las revisa; cuando después de un sueño ligero, despierta sobresaltada, nerviosa, aturdida, desorientada y dolida, por dentro y por fuera.
Casi un centenar de velas queman las cicatrices de las que pueden homenajear a sus iguales. Palmira vuelve del trabajo, de las velas, de la reunión del partido, y abre la puerta con cautela. Enciende todas las luces, mira debajo de la cama y cae sobre el colchón rendida, pensativa, serena. “Un día más”, piensa en voz alta; y decide no apagar las luces en toda la noche, porque le da la gana.

domingo 16 de noviembre de 2008

Carla Blue

Impecable. De andares, de labia. Un conquistador de almas huérfanas de acción. Ni una arruga cabezota, ni un mal gesto. A Julio le parieron chulo, rechulo, y morirá con sus botines negrísimos, de punta, en una única dirección: el éxito; acribillando las baldosas del Ministerio. Un traje brillante, tieso, gris; espejo del alma, vende su condición de chico listo. El pelo bien echado para atrás: negro carbón, sin tintes, con testura, crujiente, con onditas que dibujan los detalles de una corta y perfecta cabellera, da cuerpo a una seguridad ácida, a veces insoportable.
Una carcajada para todo; para bien y para mal. Julio contagia de fanfarronería los pasillos estrechos y los techos altos de un lugar aburrido y meticuloso. El estruendo hace daño a los oídos de los que odian el grito socarrón de un veterano. Pesa mucho el tedio, y la rutina poderosa invade las vidas tristonas de los autómatas infelices.
Todos saben que las sonrisas son una mentira a rabiar, un cristalito que se coloca en la parte antipática del rostro para disimular. Los saludos forzados, los “buenos días” hipócritas que revientan las mañanas administrativas, sólo desprenden podredumbre humana.
Los suelos pulidos reflejan el control, la marcha rápida de cientos de funcionarios, la frustración y los planes que hicieron otros para uno mismo. La limpieza extrema, el olor a oficina, a tránsito, a papel concentrado, recrean una vida laboriosa, impersonal y marchita; casi inerte, emoción de piedra.
Detrás de esos muros descansan otras paredes; más libres, menos impuestas. La calle se deja querer y revienta las ataduras de los insípidos que trepan por despachos y corbatas. Julio lanza el maletín al Citröen C4, se desabrocha el primer botón de la camisa y respira profundamente, tres veces.
Es lunes, toca piano, gimnasia rítmica y alemán. Julio espera a las puertas de una de las academias más caras de Madrid. Clara sale con una sonrisa de oreja a oreja. Ha sacado un sobresaliente en alemán. Julio resopla, sonríe y advierte a su hija que se ponga el cinturón. La niña obedece. Y un día, y otro día.
En La Lunera se bebe bien y la diversión no pasa de puntillas: se palpa, se contagia. El escenario se abre a los que quieren una noche vividora. Luces de colores y una luna gigante presidiendo un suelo resbaladizo.
“¡Carla Blue!” Grita el señor de patillas. Y de repente, una musa sale de las cortinas de purpurina, con plumas, maquillaje multicolor y pestañas, que como toboganes, hechiza a los que esperan con lascivia detrás de su copa. Se mueve con exageración, provocando; los taconazos que le elevan por encima de la realidad teclean con ritmo a Meredith Brooks, mientras la peluca roja, de rizos abiertos, se desliza por su espalda despejada.
La falda corta ajustada deja ver unas medias de rejilla divinas. Unos guantes azules perfilan un brazo atlético, largo; que van saliendo del cuerpo con sensualidad.
Y la noche se derrite a Carla Blue. Aplausos, gritos de estupor y silbidos profundos, que envuelven reverencias a la reina de La Lunera.
“¡Otra vuelta, guapa, otra vuelta!” Y la drag queen más elegante levanta los brazos, dedicando un giro perfecto a un público completamente encandilado.
Es tarde, La Lunera se vació de voces. Descansa el glamour. Enciende un cigarro, se abrocha el primer botón de la camisa y tararea la melodía que Clara siempre canta en el coche, de vuelta a casa, después de alemán.