
Siempre había deseado vivir en una zona tranquila, pero sin renunciar al bullicio exclusivo de la ciudad. En un chalet lujoso, luminoso y coqueto de Conde de Orgaz. Consiguió el mejor empleo y se enamoró del hombre que cada noche dibujaba en sus sueños. Un muchacho atlético, atractivo e hijo de empresarios, proveniente de una de las familias más influyentes de Madrid.
Maripi y Gonzalo se casaron en agosto, en una ermita privada del bajo Ampurdán. Y celebraron el enlace en un hotel rural, el mismo donde Esther Cañadas y Sete Gibernau se dieron el sí quiero. Idílico. La boda por todo lo alto, justo como había planeado. Un vestido en organza de seda natural encendía la envidia de las mujeres con pamelas amplias, que apuntaban a un cielo azul, rabiosamente veraniego, bochornoso.
-De Jesús del Pozo- dijo entre dientes Adelita, pelín morada, y no por el calor sofocante, precisamente. De tobillos enormes y cintura dilatada, esta señorita del sur disimulaba muy mal un carmín indiscreto en unos labios carnosos, abultados. La prima de Gonzalo, enamorada de él desde niña, confeccionó un diario a medida de su amor platónico. Pero no consiguió escribir un final feliz para el cuento real de una chiquilla infantil y desplazada.
Los regalos se apilaban en el salón principal del chalet pareado. Allí habían enviado los invitados todos los objetos de la lista de boda. Vajillas, cuberterías, cristalerías; extraordinarias piezas que poco a poco fueron descubriendo después de la luna de miel. De los cientos de paquetes que recibieron, uno les llamó poderosamente la atención: un juego de lámparas, atípico, que no encajaba en ningún rincón de las diferentes estancias de la casa.
De cristalitos finos, violetas y azules, bailaban por los alambres que los vertebraban, con música cada vez que el movimiento les mecía caprichoso. La tarjeta delataba a la prima Adelita. "Que la felicidad esté siempre de vuestro lado", rezaba la dedicatoria del regalo. Firmado: "Adelita". Se miraron extrañados, se encogieron de hombros y metieron el papel en el sobrecito.
Colocaron las lámparas en la caja de madera, cruzaron la avenida y las abandonaron en el primer contenedor. Cerraron la tapa de golpe, cosiendo de alguna forma el pasado, se sacudieron las manos y sonrieron satisfechos, como si se hubieran quitado un gran peso de encima. Volvieron a su casa de cuento y se sentaron en el sillón del cuarto de estar.
Por fin habían abierto y ordenado cada uno de los regalos; y leído todas las tarjetas, deseándoles lo mejor, un amor infinito y una vida plena y feliz. Algunos objetos fueron sacrificados por el bien de una decoración minimalista, pero el esfuerzo había merecido la pena.
Unos meses después de la boda, recibieron una visita muy especial. Adelita llegaba por sorpresa a Madrid por motivos laborales y había aparecido sin avisar por la casa de su primo Gonzalo. Las caras de asombro sucedieron a las de qué hace esta mujer aquí y por qué se acordaba de la dirección del chalet.
-¿Es que no me vais a invitar a café?- respondió con cierta ironía Adelita, bolso en mano y enormes gafas de sol.
-Sí, sí, pasa…- contestó Maripi desconcertada. Y la prima desfiló hasta el salón con chimenea. -¡Vaya casa, primo! Esto es un palacio- exclamó, quitándose las gafas rápidamente, enfocando con nitidez cada detalle del hogar perfecto.
-¿Y qué te ha traído a Madrid, Adelita?- se apresuró a preguntar Gonzalo.
-Trabajo, y qué mejor que venir a visitaros- dijo con una sonrisa de foto, marcada por su particular carmín- Me quedo unos días con vosotros y de paso me quito de encima a los pesados de Armired. Una reunión rutinaria, esta vez aquí. Qué le vamos a hacer, primito.
-¿Cuánto piensas quedarte?- se interesó Gonzalo.
-Bueno, bueno… que acabo de entrar por la puerta ¿Es que no me vais a enseñar la pedazo casa?- exigió Adelita con un tono repipi, algo ñoño.
Después de mostrarle el chalet, una vez ya en el jardín, rodeados de árboles y fuentes, Adelita se lanzó de nuevo. – La casa espectacular, pero no he visto el juego de lámparas que os regalé para vuestra boda- La pareja puso ojos de búho y deseó con todas sus fuerzas que Adelita desapareciera como por arte de magia de su lujosa casa. Pero la prima permanecía de pie, más tiesa que una vela, esperando una respuesta inmediata, sin titubeos.
-Bueno, en fin…- intentó explicar Gonzalo sin mucho acierto. – Es que hace unas semanas nos robaron, fue horrible, se lo llevaron todo… Y lo que más tristeza nos produce – continuó afligido- es la pérdida de los regalos de boda, que sentimentalmente son incalculables.
-¡Vaya, qué mala suerte! El ladrón tuvo que ser muy profesional para percatarse de su gran valor. Son piezas únicas, de 1940, pertenecieron a un conde. Las vi en una tienda de antigüedades de Sevilla y no pude contenerme -explicó Adelita-, un impulso me llevó a pensar en vuestro regalo de boda.
-Sí, muy mala suerte- respondió Gonzalo con la voz entrecortada y la mirada amenazante y engreída de Maripi, penetrando en su conciencia; retorciéndose de rabia y recorriendo palmo a palmo el juego de lámparas, el contenedor y la piel de plátano que finalmente decoró un regalo único.
Maripi y Gonzalo se casaron en agosto, en una ermita privada del bajo Ampurdán. Y celebraron el enlace en un hotel rural, el mismo donde Esther Cañadas y Sete Gibernau se dieron el sí quiero. Idílico. La boda por todo lo alto, justo como había planeado. Un vestido en organza de seda natural encendía la envidia de las mujeres con pamelas amplias, que apuntaban a un cielo azul, rabiosamente veraniego, bochornoso.
-De Jesús del Pozo- dijo entre dientes Adelita, pelín morada, y no por el calor sofocante, precisamente. De tobillos enormes y cintura dilatada, esta señorita del sur disimulaba muy mal un carmín indiscreto en unos labios carnosos, abultados. La prima de Gonzalo, enamorada de él desde niña, confeccionó un diario a medida de su amor platónico. Pero no consiguió escribir un final feliz para el cuento real de una chiquilla infantil y desplazada.
Los regalos se apilaban en el salón principal del chalet pareado. Allí habían enviado los invitados todos los objetos de la lista de boda. Vajillas, cuberterías, cristalerías; extraordinarias piezas que poco a poco fueron descubriendo después de la luna de miel. De los cientos de paquetes que recibieron, uno les llamó poderosamente la atención: un juego de lámparas, atípico, que no encajaba en ningún rincón de las diferentes estancias de la casa.
De cristalitos finos, violetas y azules, bailaban por los alambres que los vertebraban, con música cada vez que el movimiento les mecía caprichoso. La tarjeta delataba a la prima Adelita. "Que la felicidad esté siempre de vuestro lado", rezaba la dedicatoria del regalo. Firmado: "Adelita". Se miraron extrañados, se encogieron de hombros y metieron el papel en el sobrecito.
Colocaron las lámparas en la caja de madera, cruzaron la avenida y las abandonaron en el primer contenedor. Cerraron la tapa de golpe, cosiendo de alguna forma el pasado, se sacudieron las manos y sonrieron satisfechos, como si se hubieran quitado un gran peso de encima. Volvieron a su casa de cuento y se sentaron en el sillón del cuarto de estar.
Por fin habían abierto y ordenado cada uno de los regalos; y leído todas las tarjetas, deseándoles lo mejor, un amor infinito y una vida plena y feliz. Algunos objetos fueron sacrificados por el bien de una decoración minimalista, pero el esfuerzo había merecido la pena.
Unos meses después de la boda, recibieron una visita muy especial. Adelita llegaba por sorpresa a Madrid por motivos laborales y había aparecido sin avisar por la casa de su primo Gonzalo. Las caras de asombro sucedieron a las de qué hace esta mujer aquí y por qué se acordaba de la dirección del chalet.
-¿Es que no me vais a invitar a café?- respondió con cierta ironía Adelita, bolso en mano y enormes gafas de sol.
-Sí, sí, pasa…- contestó Maripi desconcertada. Y la prima desfiló hasta el salón con chimenea. -¡Vaya casa, primo! Esto es un palacio- exclamó, quitándose las gafas rápidamente, enfocando con nitidez cada detalle del hogar perfecto.
-¿Y qué te ha traído a Madrid, Adelita?- se apresuró a preguntar Gonzalo.
-Trabajo, y qué mejor que venir a visitaros- dijo con una sonrisa de foto, marcada por su particular carmín- Me quedo unos días con vosotros y de paso me quito de encima a los pesados de Armired. Una reunión rutinaria, esta vez aquí. Qué le vamos a hacer, primito.
-¿Cuánto piensas quedarte?- se interesó Gonzalo.
-Bueno, bueno… que acabo de entrar por la puerta ¿Es que no me vais a enseñar la pedazo casa?- exigió Adelita con un tono repipi, algo ñoño.
Después de mostrarle el chalet, una vez ya en el jardín, rodeados de árboles y fuentes, Adelita se lanzó de nuevo. – La casa espectacular, pero no he visto el juego de lámparas que os regalé para vuestra boda- La pareja puso ojos de búho y deseó con todas sus fuerzas que Adelita desapareciera como por arte de magia de su lujosa casa. Pero la prima permanecía de pie, más tiesa que una vela, esperando una respuesta inmediata, sin titubeos.
-Bueno, en fin…- intentó explicar Gonzalo sin mucho acierto. – Es que hace unas semanas nos robaron, fue horrible, se lo llevaron todo… Y lo que más tristeza nos produce – continuó afligido- es la pérdida de los regalos de boda, que sentimentalmente son incalculables.
-¡Vaya, qué mala suerte! El ladrón tuvo que ser muy profesional para percatarse de su gran valor. Son piezas únicas, de 1940, pertenecieron a un conde. Las vi en una tienda de antigüedades de Sevilla y no pude contenerme -explicó Adelita-, un impulso me llevó a pensar en vuestro regalo de boda.
-Sí, muy mala suerte- respondió Gonzalo con la voz entrecortada y la mirada amenazante y engreída de Maripi, penetrando en su conciencia; retorciéndose de rabia y recorriendo palmo a palmo el juego de lámparas, el contenedor y la piel de plátano que finalmente decoró un regalo único.
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