
- Mamá, mamá, ya han venido, ya han venido... Exclamó emocionado Pablito, debajo del marco de la puerta del salón. En pijama de osos azules y morados, de franela, con calcetines de algodón y un remolino en lo más alto del pelo, gracioso, revoltoso, admiraba contento los regalos mañaneros del 6 de enero. Los ojos abiertos, como la boca, redonda y perpleja. Pequitas esparcidas por una cara inocente, curiosa y las manos repartiendo aplausos pequeñitos, pero sonoros. La alegría del momento superaba la armonía cotidiana de un niño casi perfecto.
- ¿Puedo abrirlo, puedo abrirlo? Preguntó con impaciencia Pablito, mientras su madre desde la cocina sonreía, cómplice del envío más mágico y especial del año.
- Claro que puedes abrirlo, hijo
De un salto se plantó ante la montaña de regalos, de papel brillante y lazos grandes. Deshizo los lazos y rasgó los papeles. En un momento había descubierto un libro de dinosaurios, la Wi, justo lo que había pedido en la carta, un estuche de colores y un jersey para los domingos. Los nuevos siempre son para las fiestas. Las coderas para el cole.
Todavía le quedaba uno por abrir. Vaya, ¿qué sería aquel paquete grande e irregular?
Tiró del lazó y se desplomó el envoltorio pastel.
- ¡Ay!- Y Pablito dio un respingo. ¿Qué era aquello? Nunca había visto nada semejante ¿Una nintendo nueva? ¿La play que todavía no se comercializaba y él tenía la primicia? Curioso invento, pensó el niño. Pero, ¿para qué servía? Silencio. El pensamiento se concentró en las teclas de colores del aparato rojo cereza. Mudo por completo, Pablito inspeccionó lentamente cada detalle de lo desconocido. Ni siquiera dio un grito de emoción a su madre. Estaba demasiado ocupado en averiguar para qué servía aquello y por qué los reyes magos habían pensado en traerle un artilugio al parecer único, porque no lo había visto en ningún catálogo.
Sin embargo, repasando cada esquina del regalo, el niño se detuvo en una etiqueta metálica, con un texto que leyó en voz alta, lentamente: Marumito, fábrica de cuentos.
Volvió a pronunciar la primera palabra, parándose en cada sílaba. Ma-ru-mi-to... y otra vez, ma-ru-mi-to. No le sonaba de nada.
- Mamá, máma... ¡mira lo que me han traído! Gritó Pablito. Se le había acabado la paciencia. La confusión se apoderó de la intriga. Quizás máma podía resolver sus dudas.
- A ver, el qué, cariño... La madre se acercó al regalo, al mismo tiempo que se secaba las manos en el delantal.
Y empezó a dar vueltas al Marumito, a tocarlo, a observarlo. Alrededor de 20 teclas personalizaban el aparato. Todas ellas de colores y con un mensaje: miedo, amor, risa, fantasía, acción, aventura, drama, animales, personas, hadas, duendes y monstruos.
- Bien, ¿pero, para qué sirve? Preguntó Pablito, algo cansado de mirar y pensar.
- Vendrá en las instrucciones. Tienen que estar..., dijo la madre.
Pero no había papeles que explicaran el funcionamiento del Marumito. Sin embargo, la plaquita metálica daba alguna pista: fábrica de cuentos.
- ¡Una máquina para crear cuentos! Exclamó el niño. Dio la vuelta al regalo y descubrió otra etiqueta: "Cada botón, una historia diferente para regalar".
- ¡Ah, ya sé, ya sé! gritó Pablito. Cada tecla es una historia, un cuento... - ¡A ver, a ver, cómo se hace! volvió a gritar el niño con ganas de probar el Marumito.
- Me apetece, me apetece, un cuento de monstruos... Y apretó la tecla donde aparecía la palabra elegida: monstruos. De repente un ruido de maracas salió por un lateral del aparato y apareció por la rendija superior del Marumito una hoja azul con un texto.
Pablito lo cogió rápidamente y comenzó a leer.
- Marino, el monstruo canino, leyó el niño. ¡De monstruos, de monstruos... es de monstruos!
¡Esta fábrica es mágica! dijo Pablito con una sonrisa de oreja a oreja, maravillado, estupefacto.
Terminó de leer el cuento y descubrió que no tenía final. Quiso escribir uno, el suyo y así lo hizo. Acabó la historia como él quiso, como su imaginación le dictó en ese momento.
- Bueno, niños y niñas, así es como Pablito se convirtió en escritor. Al principio el Marumito le daba historias inacabadas, sus amigos le pedían cuentos, su familia. Y el muchacho les ofrecía relatos, pero siempre terminaba él las historias que regalaba.
- ¿Os ha gustado el cuento?
- Sí, sí, mucho señorita... Contestó la clase al unísono.
- Pero... ¿qué pasó con el Marumito? Preguntó curiosa Pilar.
- Todos podéis construir un Marumito, sólo tenéis que llenar de letras vuestra mente y escribir lo que la imaginación os dicte.
La clase permaneció en silencio mucho rato. Algo raro. Lejos del gallinero habitual. Eso es que muchos Marumitos rondaban por las cabezas.
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