domingo 11 de enero de 2009

Ocho caras


Leo cree que las nubes son ángeles más o menos obesos que caminan por el cielo con torpeza porque sus kilos de azúcar les impiden recorrer metros y metros de aire azul. Sonríe cada vez que el viento le tira del pelo hasta revolverlo y no conoce el estrés porque duerme de un tirón después de un té verde bien calentito.
Todos los días Leo da largos paseos. El mismo recorrido. Cada mañana se calza las vastas botas de montaña y se tira camino arriba, un sendero profundo, custodiado por zarzas y flores silvestres malvas, rojas y marrones.
Un anorak verde protege su cuerpecillo frágil y menudo. Los guantes naranjas y el gorro a juego chillan en el contexto invernal. Su casa prefabricada, de estilo nórdico, camaleónica, se exhibe coqueta en un claro, solitario, rodeado de pinos y bayas. Una apariencia idílica, directamente relacionada con el azar.
La huerta, ahora durmiente, se embaraza en primavera y los frutos salpican la tierra fértil. Leo conserva en invierno lo que nace en el estío, a veces caprichoso. Llena botes de tomate jugoso e inventa mermeladas y congela vegetales. Luego baja al pueblo y carga la cirila. Así pasan los días fríos y los tibios.
Amasa el pan con amor de hija de campo; lo hace sencillo, sin adornos, natural y sabroso. Panes pequeños, redondos, alargados, aplastados, orondos o irregulares que vende a precio de madre sobreprotectora: cada uno es diferente, pero a todos los quiere por igual.
Cuando llega al alto, descansa, se para ante el horizonte y observa su entorno. Suspira profundamente y abraza con fuerza el primer árbol que se le pone por delante. Dice que recibe su energía, que siente la savia correr por su piel de mujer madura. Reconoce que la generosidad de los árboles le produce una resistencia única, imprescindible para escurrir la vida.
Carga su cuerpo de vibraciones naturales. Y la envidia corroe a las piedras, a las aguas y al puente que une las orillas ocres. Su mentalidad recita el presente con una pasión extraordinaria, capaz de imaginar, crear y recrear; sin miedo a equivocarse, a seguir la línea que otros pintaron, coloreada de convencionalismos. Hace tiempo que rompió con esa inercia peligrosa. Un golpe de suerte.
El azar distorsionó el futuro de una exitosa directiva estresada. Truncada esa vida material, la casualidad dio una tregua a la realidad casposa. Y la alegría volvió a los ojos de Leo, un estado que tenía oxidado desde la infancia.
Hace ya dos años, después de una tarde de oficina, Leo salió de la empresa con brío, con el maletín en la mano y el traje impecable, como siempre. A pesar de las eternas horas de trabajo, la presencia perfecta. Al doblar la esquina se topó con una anciana, se miraron a los ojos y sonrió a la mujer fría, exigente, deshumanizada. Leo tembló por dentro, un escalofrío recorrió su cuerpo y el traje le empezó a pesar de repente.
Siguió caminando. Llegó a casa, se quitó el traje y se dedicó un baño de espuma, relajante; no podía borrar de la mente el rostro carismático de la anciana.
Abrió el armario para colocar el traje. Notó algo raro. Metió la mano en uno de los bolsillos y sacó un dado. Bien grande, de ocho caras. Cada una de un color y con un mensaje diferente.
No pudo contener la curiosidad. Tentó a la suerte. Lanzó el dado sobre la alfombra del salón y leyó en voz alta: “Una vida, infinitas posibilidades”.
Leo se removió. Transformó su vida de superficie en una posibilidad. Un cosquilleo extraño cayó en su estómago. Sonrió. Deseó sentirlo para siempre. Guardó el dado de ocho caras y decidió darse otra oportunidad, o las que hicieran falta; infinitas.