martes 10 de marzo de 2009

Hijos de la Constitución


El chico de ojos azules me dijo una noche de fiesta que éramos los hijos de la Constitución. Me pareció simpático. Acababa de conocerle y me hizo gracia ese comentario. “Algunos ya no saben qué hacer para ligar”, pensé. Después nos hicimos muy amigos y comenzamos a vivir una historia incomprendida para los abuelos. Dicen que lo entienden, que si hay respeto y amor, los papeles son un mero trámite; pero eso de sustituir una boda como dios manda por una relación de hecho no termina de ilusionar a los octogenarios más genuinos y entrañables.
Padres, esos grandes limitadores de sueños. Siempre pensé que su misión era poner trabas a la imaginación, al Carpe diem, al sentido común juvenil; nuestra visión particular de entender el momento.
Aunque, sinceramente, reconozco que a nuestros progenitores les ha mirado un tuerto. Les tocó una y otra vez la papeleta premiada: trabajo, trabajo y más trabajo. Una infancia sacrificada y un futuro vendido al bienestar de los nietos, que pagarán el pato de una falsa conciliación familiar.
Nosotros escuchábamos con genio la máxima paterna: “Os lo habéis encontrado todo hecho”.
Gruñidos y protestas; y la contestación más socorrida por nuestra parte: “Aquellos eran otros tiempos”.
Rompimos la lanza conservadora y nos colgamos ventajas que lucharon otras. Gracias. Libertad sexual, libertad política, libertad mental. Crecimos con las nuevas tecnologías. Hemos visto pasar bichos cableados, de todas las medidas, de todas las versiones. Vimos nacer máquinas que mataban marcianos, y boquiabiertos estrenamos la red de redes.
Los medios de comunicación mecieron nuestras conciencias y han sido testigos de una educación aderezada por Espinete, Heidi, Marco y Los caballeros del Zodiaco.
Ni galletas de tal, ni bollitos de cual. Bocadillos de lomo en aceite y grandes dosis de pan con mantequilla y azúcar. Cuando la jornada intensiva era sólo cosa del funcionariado, los niños y niñas aterrizábamos en el sillón a media tarde, merienda en mano, para no perdernos ni un detalle de los héroes que medían los mordiscos interminables. Y se eternizaba el bocadillo.
Estudiar y estudiar. Cuestión de codos. El futuro dependía de ese esfuerzo intelectual y de poner alas a los deseos frustrados de aquellos padres currantes, que nunca tuvieron un mañana mejor. Proyección de sueños.
Generación X. No sé, también nos denominan yo-yo, porque salimos del hogar paterno, y volvemos al redil después de una relación complicada con el mundo laboral. Alargamos la juventud y una sensación Peter Pan nos invade por completo.
Transgresores. Con pancartas y altavoces. Hijos e hijas de la movilidad Erasmus y un plan B para salir de las crisis: imaginación.
Y por supuesto una habilidad especial para decir No. No a la guerra, no al machismo, no al terrorismo; y un sí muy grande a la libertad. Mi generación, hija de una libertad recién parida que seguiremos alimentando.

1 comentarios:

JokinSu dijo...

Qué bonito texto.

Me ha gustado tu visión...mi visión.

Está claro que somos de la misma generación.

Si es que la que tenen buena pluma...