
El caballito de madera trotaba por el suelo de tierra con la ilusión de un gran estreno. Jaime se columpiaba en las crines de un animal de corteza inerte, pero de alma colérica. Tiraba de las orejas con una fuerza retorcida, pidiendo que su caballito le diera una segunda oportunidad. La magia de ese momento le recorría las extremidades extenuadas de un párvulo y después de una caída en seco, volvía a trepar por las vetas de la escultura deslizante.
Ramón, Teo y Lorenzo miraban con descaro los intentos divertidos de Jaime por mantenerse dignamente en los lomos del animal. La cola de entrantes y salientes, convertida en accidente geográfico, aportaba un aire majestuoso al caballito.
Boca de buzón para unos amigos estupefactos y corroídos por un hilito de envidia. Creían que sana. Sin embargo, la prepotencia de Jaime temía por la amistad más sellada de todos los tiempos.
Reía, jugaba e imaginaba con las intenciones congeladas de un caballito de madera. Sin palabras, sólo con gestos, trotaba por el suelo polvoriento, pivotando sobre las dos patas atadas al balancín verde pistacho. Mientras, la tropa de pillos intentaba convencer al afortunado de que bajara para asaltar nidos o robar manzanas del huerto de don Zacarías.
- Ja, ja ¿te acuerdas Jaime? Tontos nos quedábamos mirando y mirando cómo te columpiabas en ese maldito caballo. Ya no nos hacías ni caso- recordó Teo.
- Sí, bueno, es que en el pueblo, en aquellos tiempos un juguete así era un lujo-, dijo Jaime, justificándose.
- Vaya, que si era un lujo, pero te volviste medio imbécil. Dejaste de jugar con nosotros- se quejó Ramón.
- Pero Jaimito tuvo su merecido, ja, ja, vaya que tuvo su merecido-, dijo Lorenzo con sonrisa tramposa.
Y Jaime volvió de nuevo a la infancia y comenzó a recordar el final tormentoso de su juguete único. Seguía moviéndose por los valles mentales de un lugar maravilloso, a lomos de su caballo negro azabache. Y el viento rozaba su sombrero de vaquero valiente, los árboles doblaban su cintura al son de un trote brutal y el agua del arroyo se paraba para contemplar las crines sedosas del amigo íntimo.
Hasta que ¡zas! Su cabeza se topó con una realidad dura y marrón. El suelo áspero y un puñado de amigos retorciéndose de risa. El chichón permaneció en su cabeza durante varias semanas, sustituyendo los sueños de un vaquero en proyecto.
Las tuercas flojas del balancín provocaron un estropicio histórico. La rabia de Jaime se expandió de norte a sur, de este a oeste; y el perdón no consiguió consolar el orgullo de un cawboy herido. Malditos. Se vengaron de la buena suerte y no permitieron que su amigo disfrutara ni un segundo más de un caballo inmóvil, a sus ojos; pero veloz e intrépido para Jaime.
- Nunca os lo perdonaré- reconoció el protagonista, después de repasar con detalle el traumático momento, unas cuantas décadas después.
Y la queja del Jaime maduro dio paso al silencio absoluto. Los cuatro amigos volvieron a mirar al horizonte, sentados en sus sillas cómodas para contemplar un atardecer de pueblo excepcional, que como afortunados divisaban cada día, deteniéndose en cada rayo sagrado, de camino a la noche.
Imaginándose vaqueros, de nuevo niños, encima de un magnífico caballo, trotando quizás por valles esponjosos y viviendo con libertad cada legua recorrida a lomos de un animal casi desbocado.
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