lunes 26 de enero de 2009

Juego de lámparas


Siempre había deseado vivir en una zona tranquila, pero sin renunciar al bullicio exclusivo de la ciudad. En un chalet lujoso, luminoso y coqueto de Conde de Orgaz. Consiguió el mejor empleo y se enamoró del hombre que cada noche dibujaba en sus sueños. Un muchacho atlético, atractivo e hijo de empresarios, proveniente de una de las familias más influyentes de Madrid.
Maripi y Gonzalo se casaron en agosto, en una ermita privada del bajo Ampurdán. Y celebraron el enlace en un hotel rural, el mismo donde Esther Cañadas y Sete Gibernau se dieron el sí quiero. Idílico. La boda por todo lo alto, justo como había planeado. Un vestido en organza de seda natural encendía la envidia de las mujeres con pamelas amplias, que apuntaban a un cielo azul, rabiosamente veraniego, bochornoso.
-De Jesús del Pozo- dijo entre dientes Adelita, pelín morada, y no por el calor sofocante, precisamente. De tobillos enormes y cintura dilatada, esta señorita del sur disimulaba muy mal un carmín indiscreto en unos labios carnosos, abultados. La prima de Gonzalo, enamorada de él desde niña, confeccionó un diario a medida de su amor platónico. Pero no consiguió escribir un final feliz para el cuento real de una chiquilla infantil y desplazada.
Los regalos se apilaban en el salón principal del chalet pareado. Allí habían enviado los invitados todos los objetos de la lista de boda. Vajillas, cuberterías, cristalerías; extraordinarias piezas que poco a poco fueron descubriendo después de la luna de miel. De los cientos de paquetes que recibieron, uno les llamó poderosamente la atención: un juego de lámparas, atípico, que no encajaba en ningún rincón de las diferentes estancias de la casa.
De cristalitos finos, violetas y azules, bailaban por los alambres que los vertebraban, con música cada vez que el movimiento les mecía caprichoso. La tarjeta delataba a la prima Adelita. "Que la felicidad esté siempre de vuestro lado", rezaba la dedicatoria del regalo. Firmado: "Adelita". Se miraron extrañados, se encogieron de hombros y metieron el papel en el sobrecito.
Colocaron las lámparas en la caja de madera, cruzaron la avenida y las abandonaron en el primer contenedor. Cerraron la tapa de golpe, cosiendo de alguna forma el pasado, se sacudieron las manos y sonrieron satisfechos, como si se hubieran quitado un gran peso de encima. Volvieron a su casa de cuento y se sentaron en el sillón del cuarto de estar.
Por fin habían abierto y ordenado cada uno de los regalos; y leído todas las tarjetas, deseándoles lo mejor, un amor infinito y una vida plena y feliz. Algunos objetos fueron sacrificados por el bien de una decoración minimalista, pero el esfuerzo había merecido la pena.
Unos meses después de la boda, recibieron una visita muy especial. Adelita llegaba por sorpresa a Madrid por motivos laborales y había aparecido sin avisar por la casa de su primo Gonzalo. Las caras de asombro sucedieron a las de qué hace esta mujer aquí y por qué se acordaba de la dirección del chalet.
-¿Es que no me vais a invitar a café?- respondió con cierta ironía Adelita, bolso en mano y enormes gafas de sol.
-Sí, sí, pasa…- contestó Maripi desconcertada. Y la prima desfiló hasta el salón con chimenea. -¡Vaya casa, primo! Esto es un palacio- exclamó, quitándose las gafas rápidamente, enfocando con nitidez cada detalle del hogar perfecto.
-¿Y qué te ha traído a Madrid, Adelita?- se apresuró a preguntar Gonzalo.
-Trabajo, y qué mejor que venir a visitaros- dijo con una sonrisa de foto, marcada por su particular carmín- Me quedo unos días con vosotros y de paso me quito de encima a los pesados de Armired. Una reunión rutinaria, esta vez aquí. Qué le vamos a hacer, primito.
-¿Cuánto piensas quedarte?- se interesó Gonzalo.
-Bueno, bueno… que acabo de entrar por la puerta ¿Es que no me vais a enseñar la pedazo casa?- exigió Adelita con un tono repipi, algo ñoño.
Después de mostrarle el chalet, una vez ya en el jardín, rodeados de árboles y fuentes, Adelita se lanzó de nuevo. – La casa espectacular, pero no he visto el juego de lámparas que os regalé para vuestra boda- La pareja puso ojos de búho y deseó con todas sus fuerzas que Adelita desapareciera como por arte de magia de su lujosa casa. Pero la prima permanecía de pie, más tiesa que una vela, esperando una respuesta inmediata, sin titubeos.
-Bueno, en fin…- intentó explicar Gonzalo sin mucho acierto. – Es que hace unas semanas nos robaron, fue horrible, se lo llevaron todo… Y lo que más tristeza nos produce – continuó afligido- es la pérdida de los regalos de boda, que sentimentalmente son incalculables.
-¡Vaya, qué mala suerte! El ladrón tuvo que ser muy profesional para percatarse de su gran valor. Son piezas únicas, de 1940, pertenecieron a un conde. Las vi en una tienda de antigüedades de Sevilla y no pude contenerme -explicó Adelita-, un impulso me llevó a pensar en vuestro regalo de boda.
-Sí, muy mala suerte- respondió Gonzalo con la voz entrecortada y la mirada amenazante y engreída de Maripi, penetrando en su conciencia; retorciéndose de rabia y recorriendo palmo a palmo el juego de lámparas, el contenedor y la piel de plátano que finalmente decoró un regalo único.

martes 20 de enero de 2009

Marumito


- Mamá, mamá, ya han venido, ya han venido... Exclamó emocionado Pablito, debajo del marco de la puerta del salón. En pijama de osos azules y morados, de franela, con calcetines de algodón y un remolino en lo más alto del pelo, gracioso, revoltoso, admiraba contento los regalos mañaneros del 6 de enero. Los ojos abiertos, como la boca, redonda y perpleja. Pequitas esparcidas por una cara inocente, curiosa y las manos repartiendo aplausos pequeñitos, pero sonoros. La alegría del momento superaba la armonía cotidiana de un niño casi perfecto.
- ¿Puedo abrirlo, puedo abrirlo? Preguntó con impaciencia Pablito, mientras su madre desde la cocina sonreía, cómplice del envío más mágico y especial del año.
- Claro que puedes abrirlo, hijo
De un salto se plantó ante la montaña de regalos, de papel brillante y lazos grandes. Deshizo los lazos y rasgó los papeles. En un momento había descubierto un libro de dinosaurios, la Wi, justo lo que había pedido en la carta, un estuche de colores y un jersey para los domingos. Los nuevos siempre son para las fiestas. Las coderas para el cole.
Todavía le quedaba uno por abrir. Vaya, ¿qué sería aquel paquete grande e irregular?
Tiró del lazó y se desplomó el envoltorio pastel.
- ¡Ay!- Y Pablito dio un respingo. ¿Qué era aquello? Nunca había visto nada semejante ¿Una nintendo nueva? ¿La play que todavía no se comercializaba y él tenía la primicia? Curioso invento, pensó el niño. Pero, ¿para qué servía? Silencio. El pensamiento se concentró en las teclas de colores del aparato rojo cereza. Mudo por completo, Pablito inspeccionó lentamente cada detalle de lo desconocido. Ni siquiera dio un grito de emoción a su madre. Estaba demasiado ocupado en averiguar para qué servía aquello y por qué los reyes magos habían pensado en traerle un artilugio al parecer único, porque no lo había visto en ningún catálogo.
Sin embargo, repasando cada esquina del regalo, el niño se detuvo en una etiqueta metálica, con un texto que leyó en voz alta, lentamente: Marumito, fábrica de cuentos.
Volvió a pronunciar la primera palabra, parándose en cada sílaba. Ma-ru-mi-to... y otra vez, ma-ru-mi-to. No le sonaba de nada.
- Mamá, máma... ¡mira lo que me han traído! Gritó Pablito. Se le había acabado la paciencia. La confusión se apoderó de la intriga. Quizás máma podía resolver sus dudas.
- A ver, el qué, cariño... La madre se acercó al regalo, al mismo tiempo que se secaba las manos en el delantal.
Y empezó a dar vueltas al Marumito, a tocarlo, a observarlo. Alrededor de 20 teclas personalizaban el aparato. Todas ellas de colores y con un mensaje: miedo, amor, risa, fantasía, acción, aventura, drama, animales, personas, hadas, duendes y monstruos.
- Bien, ¿pero, para qué sirve? Preguntó Pablito, algo cansado de mirar y pensar.
- Vendrá en las instrucciones. Tienen que estar..., dijo la madre.
Pero no había papeles que explicaran el funcionamiento del Marumito. Sin embargo, la plaquita metálica daba alguna pista: fábrica de cuentos.
- ¡Una máquina para crear cuentos! Exclamó el niño. Dio la vuelta al regalo y descubrió otra etiqueta: "Cada botón, una historia diferente para regalar".
- ¡Ah, ya sé, ya sé! gritó Pablito. Cada tecla es una historia, un cuento... - ¡A ver, a ver, cómo se hace! volvió a gritar el niño con ganas de probar el Marumito.
- Me apetece, me apetece, un cuento de monstruos... Y apretó la tecla donde aparecía la palabra elegida: monstruos. De repente un ruido de maracas salió por un lateral del aparato y apareció por la rendija superior del Marumito una hoja azul con un texto.
Pablito lo cogió rápidamente y comenzó a leer.
- Marino, el monstruo canino, leyó el niño. ¡De monstruos, de monstruos... es de monstruos!
¡Esta fábrica es mágica! dijo Pablito con una sonrisa de oreja a oreja, maravillado, estupefacto.
Terminó de leer el cuento y descubrió que no tenía final. Quiso escribir uno, el suyo y así lo hizo. Acabó la historia como él quiso, como su imaginación le dictó en ese momento.
- Bueno, niños y niñas, así es como Pablito se convirtió en escritor. Al principio el Marumito le daba historias inacabadas, sus amigos le pedían cuentos, su familia. Y el muchacho les ofrecía relatos, pero siempre terminaba él las historias que regalaba.
- ¿Os ha gustado el cuento?
- Sí, sí, mucho señorita... Contestó la clase al unísono.
- Pero... ¿qué pasó con el Marumito? Preguntó curiosa Pilar.
- Todos podéis construir un Marumito, sólo tenéis que llenar de letras vuestra mente y escribir lo que la imaginación os dicte.
La clase permaneció en silencio mucho rato. Algo raro. Lejos del gallinero habitual. Eso es que muchos Marumitos rondaban por las cabezas.

domingo 11 de enero de 2009

Ocho caras


Leo cree que las nubes son ángeles más o menos obesos que caminan por el cielo con torpeza porque sus kilos de azúcar les impiden recorrer metros y metros de aire azul. Sonríe cada vez que el viento le tira del pelo hasta revolverlo y no conoce el estrés porque duerme de un tirón después de un té verde bien calentito.
Todos los días Leo da largos paseos. El mismo recorrido. Cada mañana se calza las vastas botas de montaña y se tira camino arriba, un sendero profundo, custodiado por zarzas y flores silvestres malvas, rojas y marrones.
Un anorak verde protege su cuerpecillo frágil y menudo. Los guantes naranjas y el gorro a juego chillan en el contexto invernal. Su casa prefabricada, de estilo nórdico, camaleónica, se exhibe coqueta en un claro, solitario, rodeado de pinos y bayas. Una apariencia idílica, directamente relacionada con el azar.
La huerta, ahora durmiente, se embaraza en primavera y los frutos salpican la tierra fértil. Leo conserva en invierno lo que nace en el estío, a veces caprichoso. Llena botes de tomate jugoso e inventa mermeladas y congela vegetales. Luego baja al pueblo y carga la cirila. Así pasan los días fríos y los tibios.
Amasa el pan con amor de hija de campo; lo hace sencillo, sin adornos, natural y sabroso. Panes pequeños, redondos, alargados, aplastados, orondos o irregulares que vende a precio de madre sobreprotectora: cada uno es diferente, pero a todos los quiere por igual.
Cuando llega al alto, descansa, se para ante el horizonte y observa su entorno. Suspira profundamente y abraza con fuerza el primer árbol que se le pone por delante. Dice que recibe su energía, que siente la savia correr por su piel de mujer madura. Reconoce que la generosidad de los árboles le produce una resistencia única, imprescindible para escurrir la vida.
Carga su cuerpo de vibraciones naturales. Y la envidia corroe a las piedras, a las aguas y al puente que une las orillas ocres. Su mentalidad recita el presente con una pasión extraordinaria, capaz de imaginar, crear y recrear; sin miedo a equivocarse, a seguir la línea que otros pintaron, coloreada de convencionalismos. Hace tiempo que rompió con esa inercia peligrosa. Un golpe de suerte.
El azar distorsionó el futuro de una exitosa directiva estresada. Truncada esa vida material, la casualidad dio una tregua a la realidad casposa. Y la alegría volvió a los ojos de Leo, un estado que tenía oxidado desde la infancia.
Hace ya dos años, después de una tarde de oficina, Leo salió de la empresa con brío, con el maletín en la mano y el traje impecable, como siempre. A pesar de las eternas horas de trabajo, la presencia perfecta. Al doblar la esquina se topó con una anciana, se miraron a los ojos y sonrió a la mujer fría, exigente, deshumanizada. Leo tembló por dentro, un escalofrío recorrió su cuerpo y el traje le empezó a pesar de repente.
Siguió caminando. Llegó a casa, se quitó el traje y se dedicó un baño de espuma, relajante; no podía borrar de la mente el rostro carismático de la anciana.
Abrió el armario para colocar el traje. Notó algo raro. Metió la mano en uno de los bolsillos y sacó un dado. Bien grande, de ocho caras. Cada una de un color y con un mensaje diferente.
No pudo contener la curiosidad. Tentó a la suerte. Lanzó el dado sobre la alfombra del salón y leyó en voz alta: “Una vida, infinitas posibilidades”.
Leo se removió. Transformó su vida de superficie en una posibilidad. Un cosquilleo extraño cayó en su estómago. Sonrió. Deseó sentirlo para siempre. Guardó el dado de ocho caras y decidió darse otra oportunidad, o las que hicieran falta; infinitas.