martes 31 de marzo de 2009

Tu isla


Llena la bañera. Mete la mano en el agua coloreada de sales y la mece, provocando olas, después se incorpora y descubre su cuerpo ante la isla blanca. El albornoz cae como si fuera un amante flojo.
A veces siente un escalofrío, cierra los ojos y suelta de un movimiento su larga melena. Sacude la cabeza y los mechones enloquecen. Un ritual diario. Pinta su boca, sombrea sus ojos y alarga las pestañas al máximo. Desenreda su cabello. Guarda el cepillo e inmóvil contempla su figura.
Disfruta cuando el pelo acaricia su pecho, mientras el espejo le devuelve toda una vida. Retiene ese momento durante cinco minutos. Después toma el cabello entre sus dedos y lo alza en forma de moño. Y lanza besos a su reflejo, a un milímetro de distancia.
Como si de un fotógrafo se tratase, el espejo le dicta las poses. Camila sonríe, en ocasiones una lágrima cae sobre su maquillaje, derrite el rimel y de repente una carcajada se convierte en la antítesis. E interpreta, y se recrea. Cada gesto fortalece su identidad.
Unas horquillas humanas masajean su cuero cabelludo, en ese instante el placer comienza a caminar por todo su cuerpo. Su silueta danza delante de su otro yo al son de una música africana. Los tambores golpean el vaho y sus labios se arrancan con una melodía que le resulta familiar.
Cuatro velas protegen su isla. La luz de la llama alumbra, a medias, el habitáculo húmedo. Las sombras conectan con las paredes. Camila vuelve la espalda al espejo y la melena cae sobre sus vértebras, despacio. Otro escalofrío. Inevitable.
Decide introducirse en su isla caliente. Una pierna salta al agua, después la otra y se tumba, sumergiéndose en la cálida espuma artificial. Moja la melena, a continuación baja la cabeza y el agua cubre su rostro; sale de nuevo a flote. El pelo se adhiere a su piel y tatúa su cuello.
En una mesa, al lado de la bañera, una copa de vino espera su brindis. Camila recoge la copa, dejando gotas en su recorrido. Toma un sorbo, el líquido repasa su paladar, se cuela por sus dientes, atraviesa su garganta hasta reposar en su estómago vacío; y derrama el resto sobre su pecho, que asoma como dos montañas.
Con la lengua arrebaña los restos de vino, apenas queda sabor en sus labios, pero aprovecha hasta el último átomo del crianza.
El tiempo no corre para Camila. Las yemas de los dedos se arrugan, pierden sensibilidad, pero su cuerpo sigue flotando en su isla. La luz tenue provoca un sueño incontrolable que aprovecha durante unos segundos. Luego despierta de repente y a cámara lenta deshace el ritual que cada noche reinventa.

martes 10 de marzo de 2009

Hijos de la Constitución


El chico de ojos azules me dijo una noche de fiesta que éramos los hijos de la Constitución. Me pareció simpático. Acababa de conocerle y me hizo gracia ese comentario. “Algunos ya no saben qué hacer para ligar”, pensé. Después nos hicimos muy amigos y comenzamos a vivir una historia incomprendida para los abuelos. Dicen que lo entienden, que si hay respeto y amor, los papeles son un mero trámite; pero eso de sustituir una boda como dios manda por una relación de hecho no termina de ilusionar a los octogenarios más genuinos y entrañables.
Padres, esos grandes limitadores de sueños. Siempre pensé que su misión era poner trabas a la imaginación, al Carpe diem, al sentido común juvenil; nuestra visión particular de entender el momento.
Aunque, sinceramente, reconozco que a nuestros progenitores les ha mirado un tuerto. Les tocó una y otra vez la papeleta premiada: trabajo, trabajo y más trabajo. Una infancia sacrificada y un futuro vendido al bienestar de los nietos, que pagarán el pato de una falsa conciliación familiar.
Nosotros escuchábamos con genio la máxima paterna: “Os lo habéis encontrado todo hecho”.
Gruñidos y protestas; y la contestación más socorrida por nuestra parte: “Aquellos eran otros tiempos”.
Rompimos la lanza conservadora y nos colgamos ventajas que lucharon otras. Gracias. Libertad sexual, libertad política, libertad mental. Crecimos con las nuevas tecnologías. Hemos visto pasar bichos cableados, de todas las medidas, de todas las versiones. Vimos nacer máquinas que mataban marcianos, y boquiabiertos estrenamos la red de redes.
Los medios de comunicación mecieron nuestras conciencias y han sido testigos de una educación aderezada por Espinete, Heidi, Marco y Los caballeros del Zodiaco.
Ni galletas de tal, ni bollitos de cual. Bocadillos de lomo en aceite y grandes dosis de pan con mantequilla y azúcar. Cuando la jornada intensiva era sólo cosa del funcionariado, los niños y niñas aterrizábamos en el sillón a media tarde, merienda en mano, para no perdernos ni un detalle de los héroes que medían los mordiscos interminables. Y se eternizaba el bocadillo.
Estudiar y estudiar. Cuestión de codos. El futuro dependía de ese esfuerzo intelectual y de poner alas a los deseos frustrados de aquellos padres currantes, que nunca tuvieron un mañana mejor. Proyección de sueños.
Generación X. No sé, también nos denominan yo-yo, porque salimos del hogar paterno, y volvemos al redil después de una relación complicada con el mundo laboral. Alargamos la juventud y una sensación Peter Pan nos invade por completo.
Transgresores. Con pancartas y altavoces. Hijos e hijas de la movilidad Erasmus y un plan B para salir de las crisis: imaginación.
Y por supuesto una habilidad especial para decir No. No a la guerra, no al machismo, no al terrorismo; y un sí muy grande a la libertad. Mi generación, hija de una libertad recién parida que seguiremos alimentando.